Jorge Etcheverry
Por su constitución más bien delicada, J. no tiene
ganas de pasarse el día ordenando papeles, lavando loza, barriendo o pasando la
aspiradora, etc., y no contesta a veces los mensajes telefónicos, emails,
imbuido como está por ese temor vago, siempre presente, que tiene sus alzas y
sus bajones según cómo se vaya dando la mano micro macrocósmica. Ese miedo no es
solo cosa de él y de los círculos en que se desenvuelve. Aqueja a muchísima
gente, y se ve acompañado en la mayoría de las casos por una lógica bastante
rigurosa de parte de los afectados.
Después de todo, esa lógica, y la razón, son formas de ordenar el caos y
la aniquilación que dichos individuos sienten que los amenaza por todas partes.
En general, creo que hay mucha gente que opina que esa idea de la realidad, o
concepción de mundo, es acertada. A lo mejor hasta denota inteligencia, un
nivel elevado de conciencia. Y no es que estemos disculpando la neurosis o la
paranoia. Porque dada la finitud de la vida, sobre la que tratamos de no pensar,
además de la entropía presente en todo orden de cosas, es difícil evitar que muchas
personas se sientan aquejadas por una cierta angustia. Sabiéndose mortales,
puede que traten de armarse un orden cotidiano que de alguna manera compense el
caos que los rodea y que a la postre, y como a todos, va a terminar por
aniquilarlos.
Pero el que habla por teléfono no es uno de sus amigos—así
llamados—con quien podría hablar de estas cosas, y que incluso entendería su
humor intrínseco, evidente para muchos fulanos o fulanas exilados, sin
complejos, aunque vivan en esta otra tierra, mentada como “de oportunidades”, y
donde se han ido armando otras vidas, aunque sigan marcados por sus estigmas
originales. No era tampoco el flaco del
Círculo Español, que andaba organizando un taller de literatura, para así llevar
un poquito de cultura a las actividades de su asociación, el que abarcaría los diferentes géneros; prosa,
poesía, ensayo, teatro, e incluso guiones para el cine o la televisión—único
campo rentable para la escritura en estos tiempos— y que de concretarse tendría
seguramente un público de señoras y caballeros jubilados. Mientras contesta el
teléfono, J. no puede dejar de apartar los visillos con los dedos para ver si
la vecina se está vistiendo o desvistiendo. A esa hora de la mañana ella está
en su departamento cuando no va al trabajo, que debe ser un part-time, como se
dice por aquí. Él supone además que ella estudia en la universidad. No está muy
seguro de su edad, aunque representa entre los veintitantos y los
treintitantos, un poco entradita en carnes, pero muy bien hecha, torneadita.
Cuando no le toca ir al trabajo o a la universidad—si suponemos que está estudiando—
se la puede ver caminando, haciendo esto o lo otro, pasando por la ventana de
su cuarto, o de los otros cuartos de esa casa que comparte con otra gente joven.
No está seguro si se trata de amigos, o de gente que comparte el mismo lugar,
roomates, sin nada en común. A lo mejor no se puede fumar, porque J. ha visto
cómo ella a veces cierra la puerta de su cuarto, enciende una varilla de
incienso y se pone a fumar un cigarrillo, en la noche, tras sus cortinas casi
absolutamente transparentes, quizás ignorando que a unos cuantos metros se
encuentra la ventana del estudio de J., a quien a esa hora precisamente le
bajan las ganas de examinar unos papeles que dejó sobre el escritorio, y se
levanta de la cama y va al estudio. No sabe si ella es consciente de ese hecho,
de ser una niña exhibicionista o a lo
mejor simplemente descuidada, que por casualidad vive en una casa vecina a la
de un voyeurista, o si inocentemente solo se deja vivir. Pero el acto furtivo
de la observación sistemática u ocasional, intencional o casual, en un delito
en esta sociedad un poco dura en estas cosas, más bien menores, pero que
permite a los traficantes de drogas y cafiches ocupar sus esquinas del centro,
hacer su negociado a vista y paciencia de todo el mundo, incluso de la policía. No hay tampoco que olvidar algunos
atenuantes: gran parte de esos protagonistas, y la mayoría de las mujeres
jóvenes que explotan, son menores de edad, y si se los aprehende
ocasionalmente, no tardan mucho en volver a circular. La misma policía declara a través de sus
personeros, ante las conminaciones y recriminaciones de padres angustiados, que
si se deciden a apretarle las clavijas a los ratones que trabajan en las
esquinas, se les van a escapar los peces gordos que los dirigen y a los que en
realidad se trata de controlar. No. No es culpa de J.. Cuando él se mudó la situación ya esta armada
así, y daba lo mismo que fuera él o un armadillo el que arrendaba el
departamento. Existe el consenso casi
fanático de la privacidad personal: quizás esa cortinita que no tapa nada,
sobre todo en la noche, cuando las otras luces están apagadas, es una
convención, un símbolo, que hace que los naturales del país oficialmente no vean
nada y que ese espectáculo quizás ni exista para ellos, ni tampoco en su,
expresándolo de una manera más académica, horizonte de expectativas.