Wednesday, August 12, 2026

TARDE EN LA PLAYA (Declaración del reo)

JORGE ETCHEVERRY

Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano. Luego fui al taller del viejo para buscar una huincha aisladora que había visto por ahí, de esa negra que se usa para empalmes eléctricos. Cuando había dicho en la mañana que ella y yo teníamos la intención de dar un paseíto por la playa, alguien, una de las tías había comentado "Es muy peligroso andar por ahí a esa hora. La semana pasada asaltaron a una pareja de novios casi frente a la carretera. A ella la violaron entre todos y a él lo dejaron a muy mal traer". Pero no tenían nada que venir a decirme a mí. Yo sabía que todos pensaban que yo era un señorito de la capital, que estudiaba en la universidad y estaba de visita en la casa en la costa de mis futuros suegros después de mi salida del hospital en que había estado por ese problema de los nervios. Para tomar el sol, ir a la playa, relajarme. No sabían que también tomaba mis precauciones. Eché una mirada a la cocina y a la gente reunida en la sobremesa después del almuerzo, que conversaba. Nosotros dos estábamos en el patio, no habíamos almorzado. No es agradable caminar con el estómago lleno. Ni hacer otras cosas, si usted me entiende. Ella preparaba una canasta con alguna fruta, quizás un poco de salame, bebidas, huevos, un par de sándwiches de queso, no me acuerdo bien, cosas así. Eso era lo que le tocaba hacer a ella siempre que salíamos a caminar por la playa. A cada uno lo que le correspondía.

Ahora a las precauciones. Yo me había decidido a las finales por el formón que era bastante largo para tratarse de un formón. La lezna y el cuchillo habían quedado en la caja de herramientas. Se requiere bastante más habilidad para manejarlos de la que yo tenía. El sol ahuyentaba a las nubes, pero la atmósfera aún permanecía un poco húmeda y sofocante. Los pastelones de cemento del suelo todavía estaban mojados. En general, a esa hora y fuera de la estación de veraneo, la única gente que frecuentaba la playa eran por lo general pescadores, mariscadores y recolectores de lama. Los había visto en la playa, o sino en el mercado, innumerables veces, destripando pescados, cortándoles la cabeza, desollándolos, sacando los caracoles de sus conchas con unos alambres curvos, mientras a sus pies crecía el montón de entrañas, pellejos y cabezas de pescado, punteado de moscas que zumbaban, mientras arriba en el cielo azul, las gaviotas esbozaban círculos voraces sobre sus gorros de lana. Salimos caminando sin prisa hacia la playa. Tardamos casi una hora en llegar. Hacía un poco de viento. Ella se había amarrado el pelo rubio con una cinta roja. A mi pedido, se había sacado las medias y las había echado en la canasta. Cuando al fin atravesábamos las primeras dunas había más viento, pero hacía un poco más de calor. La playa se estiraba a lo largo de toda la costa, entre las dos ciudades, bordeada y a veces invadida por las dunas. Caminamos todavía un par de cuadras para estar más seguros. No se veía un alma por las cercanías. A esa hora toda la gente del pueblo debería estar durmiendo la siesta. Pero no todos. A unos cincuenta metros hacia mi izquierda me pareció ver por el rabillo del ojo unos movimientos furtivos. Me detuve a orinar mientras examinaba el contorno como a la descuidada. Decidimos quedarnos entre las dunas porque más a la orilla del mar corría un vientecillo helado. Atravesamos montañas de conchas de mariscos y patas de jaiba, cochayuyo seco, buscando un lugar propicio. El olor de las lamas en putrefacción, de las conchas marinas, llenaba el aire. Ese olor marino siempre renueva la vitalidad y es muy excitante. Respiré con ansias. En un recodo en que se juntaban dos dunas, la arena formaba como un nido, para esos dos tórtolos que éramos nosotros.

Allí nos sentamos y comenzamos a besarnos. Aventuré una mano por su piel. Pero no estaba tranquilo, no podía abandonarme. Además se me había olvidado la píldora en la casa. Pero por una vez no iba a pasar nada. Volví repentinamente a la cabeza como si un sexto sentido me avisara. En una milésima de segundo alcancé a ver la silueta de un hombre moreno que gateaba rápidamente, a unos veinte metros y casi a los pies de una duna. "Un parejero", me dije. Al verme, adoptó una postura relajada, tendido boca arriba con un brazo doblado bajo la cabeza. No era más que un tipo que tomaba sol. Me volví para ver si había otra gente cerca. Como a una media cuadra más atrás advertí la silueta oscura de otro hombre que caminaba apareciendo y desapareciendo entre las dunas. Cundo di vuelta la cabeza, hizo como que se agachaba a buscar algo en la arena ¿Un cristal pulido por las aguas? ¿Una concha? ¿Una piedra con vetas coloreadas? Yo no podía saberlo. Le hice a ella una además para que nos levantáramos. Comenzamos a desandar el camino. Logramos por fin encontrar una ubicación que nos aseguraba por lo menos la visión de casi todo el paisaje frente a nuestros ojos, con la espalda contra una pequeña duna. Nos sentamos. Nos besamos. Acaricié y besé sus muslos, subiendo su falda con mi rostro pegado a ellos hasta que sentí el suave aroma de su sexo. Luego ella comenzó, con gestos pausados, a soltarse el pelo. Ése era un gesto que siempre me excitaba. Yo entretanto desenrollaba la cinta aisladora que había traído en el bolsillo de atrás del pantalón, y la enrollaba alrededor de la hoja del formón, para hacer una empuñadura. Nunca se sabe lo que puede pasar y había mucho movimiento furtivo alrededor. Generalmente para aplicar golpes y tratándose de un formón, es preferible la empuñadura. Si ésta es de metal, será de un metal más pesado que el de la hoja (en este caso de plomo), y tendrá más cuerpo para golpear. Al blandirla, el peso de la empuñadura doblará la hoja por sí misma, agregando fuerza al golpe. Pero al empuñar el formón por la hoja, que es de acero, de ángulos filudos, duele la mano y puede que los dedos se resbalen. Por eso es conveniente cubrirla con bastante huincha aisladora, o en su defecto, con gasa, tela emplástica o género. En último caso cáñamo, tratando de formar una empuñadura. Tiene que ser un material que no sea resbaladizo. Hay quienes prefieren golpear con la hoja, así convenientemente envuelta, alegando que la huincha o el género amortiguan el sonido del golpe y no dejan señales externas. Pero por lo que he leído es preferible golpear con la empuñadura, sobre todo cuando es de metal.

La silueta anteriormente vista debía estar ahora más cerca. No la veía, pero la presentía. O mejor la suponía. El hombre no era tan tonto como para mostrarse, corriendo el riesgo de ser visto. Y era un adulto. Si se hubiera tratado de un adolescente no hubiera resistido la tentación de asomar un largo y delgado pescuezo sobre las dunas, atisbando impaciente con sus febriles ojos bordeados de ojeras. Pero se trataba de un hombre con experiencia, por su sinuosa manera de reptar, por su contención hasta las finales del espectáculo, y por su persistencia y aplomo al sentirse sorprendido. Pero había cometido un error garrafal. O se estaba poniendo viejo. Yo veía su sombra que se proyectaba por detrás de una duna situada al noroeste nuestro, mientras la besaba. Hay otro indicio que me permite asegurar que se trataba de un perito en la faena: La primera vez que un novato se encuentra sorprendido, se avergüenza y huye. Este tipo se había quedado donde mismo, y su actitud al pretender tomar sol en un terreno que bien se veía que no era el apropiado, y en una tenida absurda, era de una tranquila mofa, incluso de franco insulto y desafío. Si yo lo interpelaba, (a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacerlo), sabría que tiene todas las cartas en la mano, porque las parejas recorren la playa buscando la clandestinidad y tienen que pagar su tributo. Sé de quienes se hacen los desentendidos y consuman su amor, a veces ante decenas de ojos. Por otra parte, he sabido de sujetos que han llegado hasta el chantaje, si la señorita es de una buena familia conocida en la zona. Por lo tanto, le indiqué a ella, sin mover casi los labios, mientras la besaba, que no diera a entender que habíamos visto al sujeto, y cuando finalicé el largo beso, ya tenía hecho mi plan. Ella caminó unos pasos hacia la derecha y empezó despacito a bajarse el cierre del vestido, como si fuera a desvestirse. Yo, sin hacer ruido y empuñando el formón por la hoja repté como un reptil hacia la duna detrás de la que se ocultaba el hombre. Subí en cuatro pies hasta cima, cuidadosamente. Ella ya estaba en calzones. Con ademán púdico se cubrió los pechos. Era de esperar que el hombre no se hubiera dado cuenta, porque era como anunciarle que lo habíamos descubierto. Una niña que sabe que no la están mirando no se cubre los pechos. Avancé más rápido, empuñando el formón por la hoja envuelta en la cinta negra. No era necesario tomar precauciones extremas: el tipo no esperaba mi proceder y era seguro que la miraba embelesado tratando de no perder detalle de ese festín visual. Al llegar a la parte de arriba de la duna levanté por accidente un poco de arena con la mano en que llevaba el formón. Inmediatamente me eché boca abajo inmóvil esperando que el hombre no se hubiera dado cuenta. Pero entonces me pasó un accidente que resultó providencial. Me raspé la frente con una piedra (o roca) que apenas sobresalía de la arena. No la había visto por su color blanco, que la mimetizaba. Quizás era de cuarzo. En otras circunstancias me habría detenido a admirarla. Si me hubiera corrido unos centímetros más hacia la izquierda me habría abierto la cabeza como una sandía y no estaría contándoles esto. Ahora al pensarlo, se me encoge el corazón.

 Pasé momentos de angustia y sudé copiosamente mientras extendía la mano hacia la piedra: si era una roca con tan sólo ese pedacito afuera y la masa oculta por toneladas de arena, no tendría la menor posibilidad de levantarla y menos manipularla. La parte sobresaliente no excedía en volumen o peso a un adoquín común y corriente. Ahora, fiel a las instrucciones que le había musitado, ella se bajaba lentamente los calzones. Por un momento yo también me dejé absorber por el espectáculo. Una gaviota pasó graznando sobre mi cabeza y me sacó de mi contemplación. Me alcé de rodillas con la piedra en vilo. Abajo, en cuatro pies, en mitad de la duna, el individuo observaba, protegido, él creía, por un montón de lama seca. La piedra se estrelló sobre su cráneo que se abrió con un crujido seco, como un ladrillo que cae sobre un piso húmedo, de tierra. A su lado cayó el formón, que había dejado caer sin darme cuenta.

Entonces ella vino a ver, con los grandes ojos azorados, y desnuda. El sol parecía mojar su cuerpo bronceado de largos miembros natatorios. Sus ojos glaucos brillaban como dos pequeños charcos, al sol. "Agáchate", le dije, "te pueden ver de todas partes". De la cabeza rota del hombre casi a sus pies manaba una sangre espesa, tirando a granate, que se arrastraba penosamente por la arena, que la absorbía. Bajo el sol, que la coagulaba, iniciando perpetuos cursos murientes como de lacre caliente. Ella miraba paralogizada. No tuve más remedio que tomarla de un hombro y lanzarla de espaldas contra el suelo, para que no la advirtieran. Pero de repente me comencé a sentir muy excitado. Intenté abrir sus piernas pero parecía nerviosa y las apretaba. Mientras yo forcejeaba, moscardones y tábanos zumbadores comenzaban a congregarse en, sobre, y alrededor de la cabeza del hombre que yacía a unos pasos. Después de intentar penetrarla por unos instantes, desistí. Sus miembros parecían los de una muñeca de goma. Era claro que ella no iba a poder hacer el amor en esas circunstancias. "Vámonos de aquí", me dijo mientras fruncía la boca a punto de llorar. Le indiqué imperativamente que primero fuera a buscar su ropa que se distinguía en un montoncito vaporoso al pie de una duna. En el momento en que se levantaba vi a la segunda silueta aparecer a unos cincuenta metros de nosotros. Con pavor, traté de ocultar el cadáver con mi cuerpo, lo que era difícil, ya que era más voluminoso que yo, y me manché de sangre la manga de la camisa. Afortunadamente, el otro hombre no se dio cuenta, pues la estaba mirando a ella, erguida primero, inclinándose después a la vera de la duna en procura de su ropa, resplandeciente en su desnudez, como una estatua de marfil, con una pátina apenas doraba. Tomando lentamente una prenda después de otra, volviéndose a agachar en procura de una zapatilla que se le había caído. El hombre ya me había visto antes, con ella. Que su torpe vista escudriñara el terreno al notar mi ausencia era cuestión de segundos. Era cuestión de un par de parpadeos luego del encandilamiento. Recogí, inclinándome, el formón por el mango, luego lo tomé por la hoja y eché una mirada al terreno. Todo en cuestión de segundos. Luego eché a correr, agazapado, en zigzag, por entre las dunas, fuera de su campo visual.

Es difícil correr rápido en la playa. El viento ya no levantaba arena. Por el contrario, la que yo aventaba con cada uno de mis pasos se reincorporaba pesadamente al terreno. Cuando llegué a su lado, él ya no la miraba. Ahora estaba con la mirada fija en el cadáver y parecía asombrado, como tratando de hacer una suma de cosas dispares: una niña desnuda, con sus ropas en la mano, más un cadáver con la cabeza rota, en torno al cuan zumban las moscas. Me erguí rápidamente y lo golpeé inmediatamente detrás de la oreja, como he oído decir que se golpea a los conejos. Quedó trastabillando como un gran oso harapiento. No caía. Giré en torno a él y le di con el formón en la parte posterior del cráneo. Entonces sí que cayó, pero se debatía, moviendo brazos y piernas. Tuve que golpearlo repetidas veces y aún así, la cabeza parecía compacta como si estuviera rellena de género o de arena. Pero estaba muerto. Sus movimientos vestigiales disminuyeron hasta desaparecer. Ahora ella llegaba con su ropa bajo el brazo, sin parecer comprender lo que sucedía. Ahora era necesario ocultar ambos cuerpos. Miré a mi alrededor. Cerca de allí había una depresión entre dos dunas. Yo quería colocar allí los dos cadáveres y luego echarles arena encima. Mientras arrastraba al pesado bruto por los pies hasta echarlo en la hendija, ella salió de mi campo visual. Cuando hube terminado con esa parte de mi tarea di vuelta la cabeza para ver dónde estaba. No la vi. Tampoco vi el otro cuerpo. Sólo vi su ropa que estaba tirada sobre la arena, a merced de la brisa que soplaba, de cualquier manera. Me di a la tarea de buscarla. A los pocos segundos me di cuenta de que estaba un poco más allá, llorando a la orilla del mar. Estaba cansado y un poco mareado y me costaba hablar. Ella arrastraba al otro cuerpo de un pie, trabajosamente, dejando atrás un hilillo oscuro de sangre que se coagulaba rápidamente en la arena tibia. Ella se detenía cada cierto trecho para tomar aliento entre sollozos, al borde de un ataque de histeria. También se la veía a punto de desplomarse. Ella me miraba con el temor de un niño que espera golpes y reprimendas. Yo la calmé lo mejor que pude con una sonrisa y esa pequeña caricia en la mejilla que siempre tenía el efecto de tranquilizarla. Me despojé de mis ropas, disponiéndome a completar la tarea. Me eché el fardo inerte a la espalda y eché a caminar por la arena, agobiado por el peso, adentrándome en el agua, hasta que me hubo llegado al cuello. En verdad el agua estaba helada. Entonces lo solté y vi cómo se hundía de bruces primero, para luego subir a la superficie lentamente y quedar boca abajo, con el tronco al aire, y los brazos y piernas, así como la cabeza, colgando dentro del agua. El agua inflaba sus vestimentas, demasiado amplias para su osamenta, produciendo un efecto casi cómico. Di unas cuantas brazadas y me pelé una rodilla contra una roca del fondo. Tiritando salí del agua. Ella estaba sentada sin expresión. Yo recogí mi ropa y eché a caminar con ella hacia las dunas, un poco embotado.

 Al llegar de vuelta a la arena nos encontramos con una desagradable sorpresa, que las dunas nos habían ocultado: Un hombre de gabán, al parecer un pescador, examinaba el cuerpo medio cubierto de arena con un cierto asco. Con la punta del pie dio vuelta la cabeza buscando la invisible lesión. Por la boca de la cabeza todavía brotaba un hilillo de sangre. El hombre contempló el cuerpo casi con indiferencia. Sus ojillos rojos brillaban impasibles bajo las hirsutas cejas, entre el grueso cutis curtido. Su cara era tan expresiva como un pedazo de cuarzo. Yo miraba todo como si estuviera muy lejos.

 En una de sus nervudas manos sostenía una antigua pistola. Al cinto le pendía un cuchillo abridor de mariscos. "

—No traten de hacerse los desentendidos —nos dijo—. Lo vi todo.

Nosotros nos miramos con zozobra. Cuando dijo "tapen el cadáver", una chispa de esperanza hizo vibrar al unísono nuestros cuerpos desnudos. Ambos nos pusimos a echar arena haciendo pala con las manos juntas hasta formar un montículo de regular tamaño sobre el yacente. Cubiertos de sudor dimos fin a nuestra tarea y nos quedamos enfrentando al viejo gigantón en actitud interrogante. Entonces nos dio la espalda y se marchó. Nos quedamos paralogizados y nos abrazamos. Ella se notaba nerviosa. Era natural. Por el contrario, yo me sentía un poco afuera de lo que estaba pasando. Algunas gaviotas describían círculos o parábolas en lo alto, sobre el túmulo, seguramente esperarían que nos fuéramos para empezar a picotear el cadáver. En el mar, a una decena de metros de la plaza, se veía algo como un tronco, en el que se atareaban ahora innúmeras aves marinas. Nosotros sabíamos de qué se trataba. El sol brillaba. Las gaviotas graznaban oliscando la muerte. Nos quedamos parados, tomados de la mano, sin saber qué hacer. Pronto las aves de rapiña y los perros errantes de las playas darían con el cadáver enterrado y lo expondrían sobre la arena, donde cualquiera que acertara a pasar podría verlo, como eventualmente sucedió.

—Tengo ganas de ir al baño —decía ella, sollozando—, tengo ganas de irme a la casa.

Pero entonces el hombre ya volvía, desandando sus pasos. Con una mano arrastraba un enorme montón de cochayuyos. Entre los haces saltaban pulgas de mar. En la otra mano se advertía un teléfono celular. Luego extrajo de un bolsillo un gran pañuelo y se secó el sudor de la frente y el cuello en forma lenta. Pausadamente. Sus movimientos y ademanes eran calmos. Sin embargo, en sus ojos nos miraba algo que no era benevolencia. A lo lejos vimos acercarse una pareja de policías. Nos dijo:

—Vístanse, nos vamos.

 



Thursday, July 30, 2026

El Arte Macabro

Jorge Etcheverry

Como su colega de los últimos días del siglo diecinueve, los presuntos Jack The Ripper contemporáneos (así llamados por analogía, ya que nunca reclaman sus derechos de autor) también tendrían una especialización, cuya elección queda a cargo del lector, que para eso debe revisar las crónicas rojas—o no tan rojas—de periódicos virtuales o en papel, dependiendo de los países y la información disponible. La predilección del Jack The Ripper tradicional, el que todos conocemos, no es la misma de para estos nuevos asesinos, ya que sus actividades no se centran exclusivamente en las así llamadas prostitutas, sino que abarcan de manera progresiva a las mujeres en general. No parecen tampoco empeñados—llevados o no por el ansia de fama—en imprimir su sello personal en el mapa enrevesado, irregular y sangriento de los femicidios en nuestros tiempos. Cosa que es por lo demás bastante difícil, basta ver la tele o meterse en el internet para ver cómo se multiplican los casos. Después de las memorables y relativamente recientes hazañas delictivas llevadas a cabo por figuras históricas que se me vuelven a escapar de la mente, repetimos que es difícil si no imposible lograr fama a través de este tipo de crimen, cuando aparecen en la pantalla de la computadora o tableta, y casi sin esfuerzo y en unos segundos, las decapitaciones colectivas de los narcos mexicanos, de los islamistas, y las diversas ejecuciones, atentados y mutilaciones, que así brotan en todos los medios como praderas de flores rojas, producto de anhelos místicos e espirituales de múltiples actores sociales y culturales—que no voy a nombrar para evitar que le pongan precio a mi cabeza si esto alguna vez se publica--que como decía se dedican a la crucifixión, quema, tortura, decapitación y violación de los—y preferentemente las—infieles allí donde las circunstancias les permiten hacerlo.




Monday, July 20, 2026

Miedo

Jorge Etcheverry

Pero con el tiempo, ese comportamiento, mezcla de la actitud casi refleja de las personas sujetas a bombardeos continuos o periódicos o de esa gente que vive en circunstancias que los hacen sentirse permanentemente observados, se iba a convertir casi en una segunda naturaleza para la raza humana en general, especialmente en las ciudades. La gente se iba a sentir inconscientemente expuesta cuando caminaba por espacios abiertos, e iba a tener la tendencia, quizás refleja, a evitarlos. O iban a mirar súbitamente a las ventanas en situaciones específicas, cuando estaban haciendo el amor o se sentaban en el inodoro. O iban a mantenerse siempre conscientes, en guardia, cuando caminaban por las calles, seguros que algo, aunque no pudieran verlo por lo restringido de su alcance visual, daba vueltas allá arriba sobre sus cabezas o se incubaba a sus espaldas.



Thursday, July 2, 2026

Nombres y América del Norte angloparlante

Jorge Etcheverry


Diversas personas me han preguntado, ¿porqué esa cosa de los nombres?, y también, ¿se trata de casos verdaderos o son cosas que usted inventa? Respecto a lo primero hay que darse cuenta de lo importante que es el nombre. Es lo que socialmente define a las personas. En mi país era más bien una cierta clase de apellido, que se tenía o no, el resto de los nombres y apellidos no importaba, y eso un poco en todos los países hispánicos. Era tener un apellido vinoso lo que importaba. No es así aquí, en Norteamérica (porque después de todo Canadá también es Norteamérica, quizás un poco más cartucha, como se dice en mi país, pero al fin y al cabo América del Norte corriente y moliente). Y eso a pesar del seguro médico universal que con cada año que pasa me parece más y más maravilloso. En la América anglosajona no hay apellidos, no hay aristocracia, hay plutocracia y en general los apellidos no cuentan. No estamos hablando de igualdad o democracia. Ni tampoco de las obvias diferencias de todo tipo que implica tener apellidos o aspecto “étnicos”. No se trata de que uno por ejemplo vaya a conseguirse una pega a las derechas, por su capacidad o su currículum, porque como en todas partes eso depende más de amigos, contactos, partidos políticos, camarillas, etc., pero hay otras maneras de selección que no se basan en los apellidos del padre o de la madre. No es que no tengan importancia. Siguen siendo lo que te distingue, lo que identifica. El nombre y el apellido—anglosajones o ya establecidos en el ámbito social si tienen otro origen—claro, pero no como marca social o económica absoluta. Claro que hay ciertos problemas a veces. No sé si los lectores conocen a ese joven Antonio Valencia, que llegó hace un tiempo de un país latinoamericano, sabiendo un buen inglés, porque estudió algunos años de la secundaria en Estados Unidos y hablando bastante francés, porque tomó unos cursos en una de las universidades locales. Siempre quiso trabajar en la administración pública, preferentemente en Inmigración, y como están las cosas, la corrección política y eso y porque cada vez más gente aquí sabe español, ahora se llama Valencia, aunque su apellido paterno original es Matamoros. Imagínense a algún extremista fundamentalistón hispanohablante del Mundo Árabe, por ejemplo de Marruecos, poniéndole una bomba al susodicho en el auto, en la casa, o incluso al mismo Ministerio. No es tan tirado de los cabellos, incluso ahora en que Canadá tiene un papel cada vez más importante en las guerras prolongadas del Medio Oriente y Europa, donde casi ningún otro país fuera de los que ya están metidos quiere meter mano. Canadá que se subió al tren a las finales es uno de los más firmes.


Tuesday, June 30, 2026

Poemas de Rolando Revagliatti de su libro ‘Habría de abrir’

 

Rolando Revagliatti 

 


Habría de abrir

 Habría de abrir

como quien no quiere

como quien detesta

 

Habría de abrir

con impremeditada delicadeza

lo que no atinaría a repudiar

 

Habría de abrir

sin abrirse.



En paz

Los restos descansan

 No los míos

 Tan en guerra están

como yo.

 


Lo que él

 No le enseñaron a denominar sueños

a lo que él tiene

 

No lo indujeron a persuadirse

de que lo que él tiene

son sueños

 

No lo guiaron al vocablo

 

Y por las propias no se autorizó

 

No claudicará:

está en eso.



Yo de ellos

Al contraluz me devuelven

esos árboles de luz

 

(Yo de ellos

suelo

provenir).

 

Abismo

 Ni me asomé

y mucho menos me caí

 

Mi pertenencia a él

y en él mi residencia ininterrumpida

 

es rescatada

y aun sobrevalorada

 

por panegiristas

y detractores.



Del quitárnoslo

Para quitárnoslo

a veces tenemos frío

 

Lo tenemos

por afán del sentido

de quitárnoslo

 

Los sentidos

acuerdan un sentido.



Adivinanza

 No será quien dice ser

pero tampoco es su contrario

 

no odia exactamente

aunque decididamente no ama

 

y no será una vida verdadera la que vive

aunque derrocha mortalidad.



Al final

Siempre llego tarde al comienzo

aunque nunca

dejo de ser advertible

entre los primeros en llegar

 

a la convicción

al objeto

al fraude

al reconocimiento

a la derrota

al recelo

al éxito

 

al reiterado comienzo

al cual siempre

llego tarde.

 


Las últimas palabras del soldado Crombez

 Estímase, amigos, que

lo que acontecerá

en mí

         ya

 

carece de reversa.



Expresiones

El amor es una traducción

las expresiones del amor son traducción

y así traición

 

en una tradición:

marca de referencia

e inferencia.

 


Y esto que parece

Seamos lo que seamos

el uno y el otro

 

tenemos lo que tenemos

el uno del otro

 

y esto que parece que es simple

no siendo tan simple

 

tampoco es

                   exactamente

complicado.



En mí

En mi coche

en mi caballo

en mi avioneta

 

postrado

 

estuve persiguiendo

a mi alucinación.


 

Wednesday, June 24, 2026

Algunos comentarios a “La yegua de la noche”, nuevo poemario de Luis Benítez

 Antonella I. Vulcano/Pablo Jacinto Carrazana

Por primera vez en su país, el sello de Buenos Aires Tiempo de Parque Ediciones distribuyó en librerías La yegua de la noche (1), del poeta argentino Luis Benítez, volumen ganador en 1996 del prestigioso premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat. Hasta el momento, los lectores solamente contaban con una edición chilena de 2001.

 


Por Antonella I. Vulcano (2)

La primera lectura de La yegua de la noche me retrotrajo a un tiempo en el que la poesía era, en efecto, un plan primordial. Al gesto originario que produce leer un poema construido desde sus bases, como un artefacto de funciones precisas. Pero ¿destinado a romperse, a desconfigurarse conforme pasa el tiempo?

El poeta, que se pregunta al inicio por el origen de dos cosas puestas sobre la mesa, el origen de una dualidad que va a sostener durante todo el poemario, también es el que pregunta sobre el sentido del oficio y la escritura. En este poemario parece abordarse, como en una pintura con perspectiva, la escena universal: el amor, la pesadilla, y la muerte.

El amor como tópico transversal, se deshilvana develando formas inéditas de hablar de lo ya conocido. Acá es donde la creatividad del lenguaje poético entra al juego y lo apuesta todo: recuerdas amor mío el largo adiós/ subdividido las innumerables salas como siglos/como millones de años cada vitrina absorta/ y en el centro de donde emanaba la extensa arquitectura/ el dinosaurio (...). Hay evidentemente un gesto histórico en el amor, algo antiguo que lo hace extremadamente cercano, las referencias son más que referencias, se apersonan para construir la composición del poema. En la lectura de este poemario, entonces, me encuentro con la yegua de la noche, la pesadilla, Graves, por ende, la muerte. Casi construyendo un campo semántico inédito en el que, si se entra, es difícil salir, el poeta va de un polo al otro: el poema-río, las dos cosas sobre la mesa, los dos poemas, la maldición y la bendición.

Vuelvo al gesto originario, al principio y al final del poemario: “Esta mañana escribí dos poemas” y “tan imposible de concebir/ la separación/ que ya la viví”. Me atrevo a indagar un poco más, a juntar los pedazos de este artefacto roto (que es el poema en el tiempo). Me quedo con esta seguridad: “La yegua de la noche” atiende al proceso del poema por sobre el final del poema. Leerlo nuevamente es un anhelo actual: que cada verso importe y que sin ese verso el poema se derrumbe.

 

Por Pablo Jacinto Carrazana (3)

La yegua de la noche es un libro que presenta una serie de poemas hilvanados alrededor de tópicos universales (el amor, la muerte) pero al mismo tiempo condensados sobre el pulso vital de un yo poético que hace de la escena de la escritura una escena reveladora. Es decir, la poesía (y más precisamente el acto de escribir) como un vehículo que devela un misterio ignorado y que en ese vislumbramiento hace lugar (a través del lenguaje) para compartir el efecto, las consecuencias de esa experiencia luminosa que es escribir un poema.

 

Esta mañana escribí dos poemas.

No me pregunto ya por el sentido

que tiene o no tiene este oficio oscuro.

Simplemente es otra manera, posible, de estar vivo.

 

Sin embargo los poemas no trabajan únicamente con la puesta en primer plano del proceso de escritura como principio constructor del libro sino que también se valen de ese recurso para universalizar dicha experiencia. Es así que entonces los tópicos ya mencionados no quedan ubicados dentro de una visión únicamente personal (Adioses divertidos o Veo a una mujer maquillarse). En los poemas también es posible encontrar referencias a distintas figuras pertenecientes a la literatura universal (desde Ovidio hasta Wallace Stevens) y que colaboran para que el material poético no quede condensado en una narrativa de escenas puramente intimistas. Es en ese sentido que el movimiento del libro pareciera ser doble. Dado que si el poema que le da nombre al libro dice:


Carne que carne fue

Y amada fue

Y hoy es literatura.

 

Y en ese decir nos señala el material de estos poemas, también hay lugar para un ars poética cifrado en la experiencia, en donde la poesía se permite indagar por la amenaza y el conflicto de la muerte que a su vez es motor de la escritura. Como si a través de la palabra se pudiera conjurar aquel temor o incertidumbre:

 

Muerte que pudo ser

Y no llegó, al menos hasta ahora

Que su dibujo hago

Sobre este papel, efímero

 

Varias son las aristas que se despliegan de la totalidad del libro y los veinte poemas que lo componen, y que este breve comentario no llega a abarcar. En todo caso, la reedición de un libro que habilita multiplicidad de lecturas es una apuesta por la poesía y su valor.

 

 

NOTAS

1,La yegua de la noche, de Luis Benítez. Tiempo de Parque Ediciones, ISBN978-631-90853-7-2, 50 páginas, Buenos Aires, 2026. Facebook: https://www.facebook.com/people/Tiempo-de-parque-ediciones/61558647095576/

E-mail: tiempodeparqueediciones@gmail.com

 

2.Antonella I. Vulcano (1993, Hurlingham, Argentina) es profesora de Lengua y Literatura por la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y editora. Publicó fanzines de forma independiente y colaboró con su poesía en diversas revistas literarias. En 2020 publicó su primer poemario, Años de casa, por Editorial Santos Locos, y en 2025 Las cosas ínfimas, por Tiempo de Parque Ediciones. Es cofundadora de la revista y editorial Flor de ave y es una de las gestoras de Ciclo Verso.

3.Pablo Jacinto Carrazana (1992, Buenos Aires, Argentina), es docente de Lengua y Literatura egresado del Instituto Superior de Formación Docente Joaquín V. González. Ha realizado talleres tanto de narrativa como de poesía con Osvaldo Bossi e Isabel Vasallo. Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversos medios digitales (Revista Más Poesía, Revista Zur, Flor de Ave y Revista Jauja). También participó en las antologías “Coordenadas” del 4to. Festival de poesía de Boedo y “Toda poesía es hostil al anarcocapitalismo”, publicada por Pixel Editora. Su primer libro “Un secreto rumor” fue publicado por la editorial Tiempo de Parque, proyecto en donde también se desempeña como asesor editorial. Forma parte del ciclo de poesía “El rayo verde”.

 

TARDE EN LA PLAYA (Declaración del reo)

JORGE ETCHEVERRY Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano. Luego fui al taller del viejo para buscar una huin...