COMPILADO:
13 escritores argentinos responden a una misma pregunta en este Compilado
propuesto y organizado por Rolando Revagliatti.
“¿Las obras artísticas de qué autores, por vos valorados, dirías que
han logrado ‘descolocarte’? ¿Desarrollarías para nosotros tus consideraciones?”
1: ALEJANDRO BOVINO MACIEL
Toda la
obra de J. L. Borges me despertó del ensueño provinciano al leerla, siendo muy
joven. Desde “Ficciones” los ensayos de Borges me ofrecieron
la literatura como goce íntimo. Por entonces yo era creyente católico, pero
Borges me incitó a leer teología (no las aburridísimas encíclicas de Juan Pablo
II, un fanático y farsante piadoso para mi criterio… muy fotogénico, pero con
el pensamiento político mezquino de una lombriz) y ahí hallé debates
interesantísimos de la patrística: Anselmo, Agustín -que es un Plotino
bautizado-, Ambrosio, Crisóstomo… luego los escolásticos y así me fasciné con
la filosofía. Admiro especialmente a Hume, Schopenhauer, Berkeley, Kant,
Derrida… al decir admiro admito que me aportaron pensamiento, que me obligaron
a pensar y eso, para mí, no tiene precio. Quizás por eso me retenga tanto
Borges: no se limita a trasferir sentimientos, sino pensamientos complejos. Y
siempre tiene razón.
En el
ámbito de la música prefiero la ópera, boleros, folklore y tangos. La música
Beatles y sus derivados británicos, yankees o autóctonos (rock
nacional) nunca me atrajeron especialmente. En realidad, todo lo vanguardista
me parece chato. No entro a museos de arte contemporáneo: si quiero ver
manchas, miro la pared de mi patio que tiene varias. Admiro la pintura
anticuada, figurativa, que me diga algo. Quedé deslumbrado en Italia con los
renacentistas en Uffizi, pero en especial con Caravaggio en
las iglesias de Roma. Estoy realizando una especie de estudio del gótico y el
barroco, recorriendo catedrales y museos. Creo que aún hay mucho por descubrir
en esos retablos del 1200, 1300. En los vitrales del 1200, como los que
conserva la catedral de León, por ejemplo. Pero Caravaggio es un caso especial.
Es tan inquietante como el Perseo de Cellini (lo mejor del Renacimiento, según
mi criterio) porque de esas obras, el Perseo y los Caravaggios de San Mateo,
emana algo que solamente puedo definir como “perfección”. Uno siente que está
ante una obra (una forma de la materia) que por medio de la belleza comunica un
más allá, un sitio donde la perfección de la materia es posible. Y eso que
Caravaggio no tiene imágenes dulces, ni tampoco el Perseo: es la contundencia
de un asesinato. Esas obras monumentales son las trampas que nos tiende el arte
para que nuestra perplejidad halle una explicación entre miles. ¿Qué es la
belleza, a fin de cuentas? Tratar de definirla es como explicar qué es el color
rojo a un ciego de nacimiento.
2: ALFREDO LEMON
Respuestas:
1.
Ante todo debo precisar que considero que una obra de arte ha logrado
“descolocarme” cuando me ha trasmitido una emoción, sentimiento, sensación tal,
que me ha conmovido fuertemente, schockeado; y que, de algún modo, cambió mi
percepción de la realidad o de la forma en que me encontraba parado frente a la
creación o el hecho estético. Lo que se resume en verdadero impacto en el ánimo
o el espíritu.
Comienzo
con los escritores. Liminarmente confieso que cuando leí por primera vez la
obra poética de Jorge Luis Borges, cuando tenía 22 años (luego de recibirme de
abogado y habiendo leído principalmente libros de derecho), llegó a mis manos “Límites”,
ese magnífico poema suyo que me alucinó, y que en cierta manera me despertó o
me hizo dar cuenta de la finitud del ser de las cosas; porque allí se exponen
verdades de las que no siempre se toma conciencia o se tienen en cuenta. De
nuestra biblioteca, habrá un libro que no leeremos de nuevo, de tantas puertas
que nos rodean, habrá una que no volveremos a abrir, vamos a un sitio y no
sabemos de quién irremediablemente nos hemos despedido... Por primera vez sentí
existencialmente esa infinita melancolía que es la historia finita de cada uno.
En ese poema se me expuso abiertamente la mortalidad indetenible que somos
junto a lo demás circundante, las limitaciones de toda índole que sobrellevamos
y la pulsión vital de un constante afán por trascenderlas.
2. La
obra poética de Enrique Molina: la conocí en una antología titulada “Hotel
pájaro”, allá por 1983. Me fascinó leer su surrealismo, me pasó sin saber
qué era ni la importancia de tal movimiento, totalmente desconocido por mí en
ese entonces. Me acercó y me encantó el manejo magistral de imágenes que
explotaban entre las páginas y ello fue todo un descubrimiento... “Tu cuerpo
y el lazo de seda rústica que conduce a las plantaciones de la costa/ al sudor
de tu cabellera quemada por las nubes/ a los instantes inolvidables/ de una
belleza salvaje que exige el desorden”. Como bien se ha dicho, se perfila
en esta poética, la presencia de la mujer como una tentación profana que nunca
se alcanza, una fosforescencia infinita. Si para el psicoanálisis el deseo es
su constante desplazamiento, el seguimiento infructuoso de algo seductor
siempre más allá, ese movimiento significa para Molina un eterno tránsito, el
viaje, los secretos del delirio y la deriva. Tuve la oportunidad de conocerlo
personalmente en una Feria del Libro en 1990. Me invitó a su departamento de la
calle Humbolt y le hice un reportaje para el suplemento cultural del diario “La
Voz del Interior”. Lo titulé: “La vigilia del deseo en la palabra o los grandes
días de un poeta” (16/9/1990).
3. La
obra poética de Alberto Girri. También por aquellos años de aprendizaje
autodidacta, lo primero suyo que leí fue “Playa sola”, en una edición de
1946. Y luego y sucesivamente, las distintas obras que fueron apareciendo y
reuniéndose en Editorial Corregidor en seis tomos, incluso hasta después de su
muerte en 1991. En su labor encontré un ascetismo esencial, elucubración
sintáctica, contradicción de sentencias, eso que Esteban Moore, siguiendo a
Borges, llama deliberadamente “la misteriosa poesía de lo áspero”. Cito:
“Una premisa constante, la duda, indagando en la realidad, buscándola fuera
de contexto, la materia a expensas del lenguaje...”.
4. La
novela “Rayuela” de Julio Cortázar. Y también, más puntualmente, un
texto suyo llamado “La continuidad de los parques”, que leí en el taller
literario de la Sociedad Argentina de Escritores, que coordinaba Marta
Cisneros. La novela fue parte del llamado boom latinoamericano y su
experimentación lúdica me atrapó de inmediato. Reconozco que al haberla
abordado varias veces a lo largo del tiempo, nunca supe a ciencia cierta de qué
tratan finalmente esos recortes, fragmentos, rompecabezas; pero lo que sí supe
es que con “Rayuela” uno percibe un producto elaborado y que nada ha
sido dejado o librado al azar. La narración y la invitación al juego, nos hace
participar y eso es maravilloso y genial. En lo que atañe al breve cuento
fantástico que mencioné en segundo término, sentí al leerlo, un ir entrando en
esa atmósfera donde quien está frente a la página se va adentrando en lo que
lee. Allí Cortázar también de modo magistral, fusiona la ficción -que va
narrando renglón tras renglón- y la mismísima realidad de quien justamente lee
en ese momento, y se convertirá al término del relato, en el personaje
principal de la trama y de esas escenas.
5. La
novela “El túnel” de Ernesto Sabato. Cuando lo visité en su casa de
Santos Lugares en 1987, lo primero que le dije fue: “¿Por qué es tan trágica
la vida, maestro?” A lo que sintéticamente respondió: “Porque hay que
morirse”. Recuerdo que así comenzó el diálogo, que también luego se plasmó
en un artículo que escribí: “El escritor y los fantasmas del túnel”. Todavía
conservo una esquela de agradecimiento, fechada en agosto de 1993, junto al
envío de un librito pequeño de su autoría: “Querido y remoto muchacho” (Editorial
Losada, de 1990). “A la vida le basta el espacio de una grieta para
renacer.” Leída hoy, esa frase resulta más que potente y ojalá también
fuese profética...
Vamos ahora
por obras y autores no escritores.
6. “El
beso”, la escultura de August Rodin, junto a otras que pude ver en su casa
museo de la Rue de Varenne en el año 1985. Fue tal la impresión que me causó,
que salí al jardín y, en medio de unos gatos que merodeaban, me puse a llorar.
Sentí la belleza plasmada en piedra, modelada por un hombre con su mano y su
cincel, con su martillo, durante horas y horas para ofrecerla luego para
siempre y para la admiración de los demás.
7. Fue
ese mismo año, en Amsterdam, al estar frente a una de las que dicen serían de
las últimas pinturas de Vincent Van Gogh, “Campo de trigo con cuervos”,
mientras recorría la muestra tuve que sentarme literalmente, porque me estalló
el pecho, sí, como que tuve que respirar profundo y recuperarme de la emoción
fortísima que experimenté. Pensé y me remonté a cómo habrían sido esos momentos
tormentosos en el ánimo del pintor tan cerca de su trágico final. Y al ver esos
colores amarillos, celeste, y los pajarracos negros graznando y levantando
vuelo, tan vívidos desde el cuadro y queriéndonos significar la proximidad de
una gran amenaza sombría.
8. La Quinta Sinfonía de Gustav Mahler
conectada con la película de Luchino Visconti “Muerte en Venecia” de 1971,
adaptación de la novela corta de Thomas Mann. Tal vez un alegato agónico,
homenaje y sufrimiento que produce la fugacidad de lo bello, el paso del tiempo
y la vida. Tensión y paisajes hermosos de la ciudad italiana de los canales,
donde cada día su ser tiende a hundirse en el agua que la rodea desde hace
tanto… Y porque ciertamente el sentimiento intuye que aquél que ha contemplado
la pureza sublime, está condenado a enamorarse, padecerla o morir...
9. Concluyendo, refiero una obra de
teatro que vi recientemente en el “Teatro Real” de la ciudad de Córdoba: “Habitación
Macbeth”, donde su creador, autor, actor, director, Pompeyo Audivert, en un unipersonal
muy activo, interpreta la vertiginosa espiral de ambición, crimen y locura del
noble escocés, explorando la identidad como un fenómeno sobrenatural y asediado
por fuerzas terribles del consciente y el inconsciente. Impecable y proteico
trabajo, excelente puesta en escena. Muy movilizante.
10. Y last but not least, quisiera
mencionar “El gol a los ingleses” de Diego Armando Maradona. Por todo lo que
significó para toda la Argentina. Talento, astucia, belleza, destreza, viveza
criolla, trampa deportiva, revancha. Un gran momento que la memoria
futbolística (y no) recordará como historia. Sin duda y desde otra perspectiva,
una verdadera obra artística que creo que, a más de uno, nos descolocó.
3:
ALFREDO RESCIA
En sus líneas más contundentes dice
Umberto Saba en el poema “La cabra’: “Aquel balido igual era fraterno a mi
dolor… tiene una sola voz y no varía”. Descubriendo a través del dolor
común un aspecto nuevo de hermandad con los seres. Una diversa vertiente a la
ya revelada por San Francisco de Asís en su “Cántico a las criaturas”, tras
percibir que teniendo ellas y nosotros el mismo padre, somos todos hermanos,
“hermano sol, hermana luna” y, naturalmente la tierra que pisamos, dañada, y en
riesgo como nunca.
Tan válidos mensajes, llevan a celebrar
estas voces que tan merecidamente han quebrado el silencio. Y al placer de su
poesía, por añadidura mueven al afecto y a la responsabilidad; sacudiendo las
solapas de nuestra conciencia, particularmente cuando los pertenecientes a la
misma especie se enfrentan hasta con útiles nucleares.
¿Quién, alguna vez, no ha vivido
situaciones límites? Por ello, “La piedad”, de Giuseppe Ungaretti -autor que
dejara páginas escritas entre trincheras- en su clamor a Dios, al modo de un
Job contemporáneo, es un espejo que a tantos refleja. Su grito es nuestro
grito. Valgan algunos versos: “Me has arrojado de la vida”; “Ya ni
siquiera te ríes de nosotros”; “La esperanza de una gran sombra ¿solo es
esta nuestra suerte?”. Dejándonos desde su acento interpelativo, ante lo
que entiende como indiferencia, abandono y ausencia de socorro, el ruego de un
hombre que abre su corazón a Dios desde las más recónditas lágrimas. Por lo
tanto, no sería extraño que este monumental poema, genere la búsqueda de
vitales respuestas a los interrogantes de la existencia. Es decir, un sentido a
las dentelladas de la vida y a nuestros abismos.
Señalo, por marcar un sentido de
pertenencia y un aire de familia, las grandiosas milongas de Osiris Rodríguez
Castillos. Su encomiable “Grillo nochero”. Las estrofas de Humberto Costantini
en “Vaya un punteo florido”. “Para las seis cuerdas” de Jorge Luis
Borges. Y muchos otros autores de vuelo alto y alas grandes cuyo decir paisano
se prenden en el alma como abrojo.
Letras de milongas, cielitos, huellas,
vidalitas… tan afines a formas tradicionales de pueblos hermanos, en
aspiraciones y herencia común, que al leerlas o escucharlas, suelen tornarse
inolvidables, motivando que uno se sienta entre propios. Tal vez, porque el
mensaje, si bien, no exclusivo de esta poética, sí frecuente y copioso en lo
que concierne a nuestras raíces. Y de suyo con el sueño de la patria grande.
Sueño contra el que se levantan muros de continuo, a pesar de que nuestros corazones
estén a un paso.
No a pocos se les quebraría
la voz al leer de Ernesto Cardenal “Oración por Marilyn Monroe” -“sola como
un astronauta frente a la noche espacial”-. Y no pocos arderían de
indignación, no únicamente por la suerte de Marilyn, sino por una sociedad de
consumo que consume gente. Las mentiras del celuloide. La propaganda. El pregón
de valores que no se abrazan. Por ello, cada vez que leo a Cardenal, celebro y
agradezco su elocuente mirada sobre la realidad. Esta realidad, que no es sino,
un Paraíso que se ha hecho ajeno.
4: ANÍBAL BENÍTEZ
Para mí, el
arte no es una construcción de certezas, sino una demolición necesaria. Cuando
pienso en obras que han logrado “descolocarme”, siento un sismo silencioso que
reubica los cimientos de lo que creí ser.
Un eje de
este desplazamiento es Andrei Tarkovsky. Su cine me enseñó que el tiempo no es
una línea que avanza, sino un material denso que se puede esculpir. En “El
espejo” o “Stalker”, no narra; él deja que la imagen respire hasta que el
espectador se vuelve parte de la atmósfera. Me fascina su capacidad para
convertir un detalle ínfimo -el goteo del agua sobre una superficie oxidada- en
una interrogación metafísica. Con él comprendí que lo sagrado no está en lo
pomposo, sino en la sencillez de lo profundo, en esa capacidad de sostener la mirada
donde otros la retiran.
En la
pintura, esa misma contundencia me atraviesa al observar la obra de Ernesto de
la Cárcova. Su cuadro “Sin pan y sin trabajo” es una herida abierta, pero lo
potente no es solo la denuncia social, sino la maestría con la que captura la
luz de la desesperanza y la dignidad contenida en una mirada. En él encuentro a
esa mujer que, en medio del vacío, sostiene una verdad que la palabra apenas
alcanza a rozar. Sus pinceladas son huellas de una historia que todavía nos habita.
En lo
sonoro, Luis Alberto Spinetta ha sido mi faro. El “Flaco” me atravesó por su
negativa rotunda al lugar común. Su música es una arquitectura de la luz, una
búsqueda metafísica donde la palabra se vuelve cuerpo y la armonía se
transforma en un estado de conciencia. En discos como “Artaud” o “Kamikaze”,
Spinetta nos obliga a abandonar la comodidad de lo previsible para abrazar una
belleza que, por momentos, duele. Es el poeta que, desde la guitarra, logró
poblar las ranuras de los pensamientos.
En nuestras
letras, regreso a la verticalidad de Roberto Juarroz, a la orfandad de
Alejandra Pizarnik, a Héctor Viel Temperley. En “Hospital Británico” o “Crawl”,
Viel hace de su propio cuerpo febril y herido el escenario de una revelación
mística. Él me enseñó que la poesía es un nado tenaz contra la muerte y que la
carne -incluso en su fragmentación o en su declive- puede ser un altar. Él me
enseñó a cruzar el fuego del mundo. Vi que el poema puede ser un
bisturí, un sacramento crudo o ese refugio minúsculo donde se le puede besar
los labios a la muerte.
Descolocarse es aceptar que somos una esquirla de la diáspora, seres
ungidos para errar buscando un pulmón que respire una verdad distinta. Valoro a
los artistas que no me ofrecen consuelo, sino que me lanzan a la intemperie de
mi propia conciencia, obligándome a nacer de nuevo en cada obra. Sabemos que al
final, el arte que perdura es aquel que nos deja con un rostro nuevo frente al
espejo, uno que apenas empezamos a reconocer.
5: DIEGO E. SUÁREZ
Los
primeros recuerdos que tengo de algo que me haya conmovido estéticamente son
las canciones para niños de María Elena Walsh, las grabaciones de Les Luthiers
que escuchaba por radio y las tiras de Mafalda publicadas por Ediciones De la
Flor: el nonsense y el ingenio
humorístico crítico como formas poéticas sublimes. El primer libro que leí no
por imposición pedagógica sino por placer –o curiosidad, más bien– fue “El exorcista”, de William Blatty, porque
creía que al no animarme a ver la película sería menos aterrador leer un libro
sin imágenes. Error. Fueron noches de verano acurrucado bajo tres frazadas. El
año que viví en Corrientes (con intenciones universitarias que murieron en el
intento) accedí por primera vez, llevado por un amigo del alma, Juan García, a
un teatro alla italiana, el Teatro
Vera, con su retórica del espacio, sus escalinatas, sus columnas, su foyer y sus conciertos gratuitos de la
sinfónica. Afuera, compartíamos los lentos atardeceres de la costanera
asombrados por la poesía de Girondo, Gelman y Benedetti –a la que llegamos
Eliseo Subiela y su película “El lado
oscuro del corazón” mediante– y en la terraza de su casa, la magia del “Artaud” de Spinetta, de las “Canciones urgentes” de Silvio
Rodríguez, del jazz en todas sus variantes. Eran grietas en el tiempo y en el
espacio que me permitían conectar, por motivos que van más allá de mi
entendimiento, con sensaciones de intensa libertad creativa. Además, haber habitado
por varios años, en Posadas, La Fundación La Palma, creada por el librero
uruguayo Ricardo Raymondo, me permitió hacer un viaje maravilloso entre libros
de artes plásticas, fotografía, música, literatura y cine, junto a personas que
sugerían derivas alucinantes a diversas expresiones cuya complejidad hacía más
intensa la vida y que me permitieron leer lo que circula en el presente
anhelando extrañeza. Desde entonces, guiado por la intuición y el deseo, fueron
innumerables los hallazgos. En mi caso, la avidez tiene como triste efecto
colateral una amnesia bochornosa (recuerdo un chiste viejo que decía “la
marihuana trae problemas de memoria y otras cosas que no recuerdo”; me
parece aplicable a la adicción cultural… Por supuesto, también viene al caso
eso de que “el que mucho abarca, poco aprieta”). Así que me limito a
comentar lo que recientemente me “descolocó”. Un disco y cuatro películas.
“Seven Psalms”, de Paul Simon. Comienza con unos sonidos expansivos de…
¿campanas?... ¿cuencos? Ese enigma crea la atmósfera y a partir de ahí todo es
sublime.
Simon,
tratando de hacer sonar “The sacred harp/That David played to make his songs of
praise”, porque “God turns music into bliss.” Películas:
Dos de Joachim Trier: “Valor sentimental” y “La peor persona del mundo”. Su
poética del espacio sentimental me cautivó. Y dos que, para mí, dialogan entre
sí y se potencian: “The Fall” de Tarsem Singh y “Sayat Nova” de Sergei
Parajanov. Ambas, puro lirismo visual más allá del tiempo.
6: EDUARDO CARLOS ROBINO
Si tengo
que elegir un pintor del siglo XX que me fascina, elijo sin dudar a Matisse.
Dentro de los argentinos, a Juan Doffo. Sin embargo, no son sus obras las que
me inquietan o me impactan; por el contrario, encuentro en ellas las
posibilidades del diálogo, de la contemplación y de cierta serenidad
entusiasta, si es posible esa última mezcla de impresiones.
Las obras
de Modigliani me impactan muchísimo. Recuerdo una muestra en el Museo de Bellas
Artes de la ciudad de Buenos Aires. Me estuve unos veinte minutos mirando su
obra, entre retratos y desnudos. Tuve que salir de la sala porque comenzó a
faltarme el aire; tuve, incluso, que salir del Museo. Llevaba conmigo un libro
de Ian Mc Ewan, “Expiación”, que había comprado para regalarle a un
amigo, quien con suma amabilidad me dijo que lo acababa de leer en inglés, y me
sugirió que se lo regalaste a alguien más, que pudiera disfrutarlo como él lo
había disfrutado. En la salida, en la escalera que lleva a las puertas del
Museo, encuentro a Griselda García, poeta y gestora cultural a quien quiero y
admiro. La saludé a media voz, y le dije apenas, “Tomá, Gris, es para vos”.
Y me fui. Recién pude respirar bien a las tres cuadras. A Griselda no la veía
hacia casi cinco años, y encontrarse a alguien en Buenos Aires, pasa más por la
conjunción de los astros que por la casualidad. Luego, le escribí contándole
esta situación, un verdadero síndrome de Stendhal, que nunca, hasta ese
momento, había creído que pudiera existir.
Hay,
además, una obra que conjuga con un espacio de oscuridad en mí, seguramente,
que me estremece, me inquieta, y me produce temor y fascinación. Siento que
habla de aquello que se mantiene encerrado dentro de uno, reprimido con
grilletes; y no lo relaciono con la violencia física, sino con el pensamiento
aciago, apocalíptico, desesperanzado, con esa parte de uno mismo ligada al caos
y al desasimiento de lo humano. Se trata de “Estudio del retrato del Papa
Inocencio X de Velázquez”, pintada por Francis Bacon. Una pintura en tonos
violetas, con una figura humana sentada, encerrada en un espacio que remite a
un cuadrilátero o a unas de esas sogas de protección que rodean las estatuas en
algunos museos. Sogas de un amarillo intenso. La figura humana se disgrega,
parece que se estuviera desintegrando. Se nota en los dientes de la figura
enojo, dolor y furia, inmovilizada por una fuerza que parece que lo hiciera
caer, que lo mantiene sujetado, que lo va aniquilando. Es una pintura terrible
y fascinante. Y toca en mí algo de lo que no puedo simbolizar, que no puedo aún
llevar a la palabra. No sé si algún día llegaré a poder hacerlo.
7:
EMILIANO CAMPOS MEDINA
En
cuestiones de arte apreciamos especialmente la cualidad que una obra puede
tener, de descolocarnos. Quizás de eso se trate, como bien apunta la pregunta
de este compilado, la virtud esencial de una verdadera obra. Podría enumerar
algunos casos, en literatura y poesía. Sin embargo, por su impacto vivencial,
me gustaría remontarme a un artista cuyas obras pude contemplar por primera
vez, de modo directo, en un viaje realizado allá por 2002: El Greco. El
objetivo específico de aquel, mi primer viaje a Madrid (por esa época me
encontraba viviendo en Barcelona), era ir al Museo del Prado, y concretamente,
estudiar las pinturas de Velázquez y Goya, dos pintores que ya por entonces
estaban entre mis preferidos. Del artista cretense apenas había visto algunas reproducciones
en los libros de historia del arte, y no me generaba una expectativa
particular. Sin embargo, cuando ingresé a la sala del Museo del Prado en el que
se hallaban sus pinturas, fue como si los colores y las pinceladas de los
cuadros desgarraran mis ojos. Se trató de una conmoción real, física, alejada
de la mera contemplación estética. Yo tendría algo así como veintidós o
veintitrés años y puedo asegurar que fue una de las impresiones más corporales
que sentí. Como si, de pronto, me cayera encima un aguacero. El Greco fue una
absoluta revelación. Esas perspectivas rotas, las anatomías fracturadas, los
rostros comprimidos, todo como apresado por una fuerza gravitatoria ascendente.
En una época me gustaba decir que El Greco inventó los efectos especiales del
cine, sus cuadros son claramente dinámicos, pero animados por una fuerza
sobrenatural. La vista panorámica de Toledo, con sus nubarrones expresionistas
y desgarros metafísicos, podría ser el antecedente de una escena de cine
catástrofe. Claro que el fenómeno es acá del orden místico, y no climático. Si
pudiera pintar cuadros o escribir poemas que lograran emular algo de ese
abismamiento, pensé luego de pasar por esa sala, podría darme por satisfecho.
Aquel viaje
fue de apenas un día. No tenía presupuesto más que para eso. Llegué a Madrid a
las 21 horas, creo que era un miércoles, y me volví a Barcelona el jueves a las
18. Aquella noche la pasé recorriendo la ciudad hasta la madrugada, dormí un
rato en una parada de autobús y a la mañana siguiente fui el primer visitante
en entrar al museo. Completamente solo. La conmoción de las pinturas del Greco
fue tal, que, al año siguiente, en un viaje mejor planificado y con más tiempo,
decidí pasar cuatro días en Toledo, ciudad que está atravesada por la biografía
del pintor, ya que luego de fracasar en su intento de transformarse en pintor
de la corte real, se “autoexilió” en esa ex capital del reino, por entonces
caída en el olvido. En Toledo pude visitar las obras que no se encuentran en el
Museo del Prado, entre ellas, el famoso cuadro “El entierro del Conde de
Orgaz”, y también cruzar el puente de San Martín, sobre el río Tajo, donde
Rilke vio caer una estrella fugaz y sintió que su ser se desintegraba en la
marea cósmica de esa ciudad mística. Por ese camino subí hasta la colina desde
la que Doménikos Theotokópoulos pintó su famosa vista. No tengo dudas en
afirmar que El Greco es más moderno que muchos de los pintores de las
vanguardias del Siglo XX; sin él no hubieran existido Cézanne, Picasso, o el expresionismo
alemán.
8: FABIÁN VIQUE
Casi todo sucede en la adolescencia. Casi
todo se olvida. Con estas dos afirmaciones me excuso antes de responder.
Seguramente las obras artísticas que más me descolocaron ocurrieron en un
tiempo con el que ya no tengo puentes.
En aquellos años el arte me descolocaba
tanto que fue el barrio en el que traté de permanecer siempre. Ahora tengo ecos
de esas sensaciones, momentos con cierta analogía que sucedieron un poco
después de aquel big bang. Anoto literatura brevísima: “Le regret d’Héraclite”,
un micropoema de Borges, donde concentra un recorrido de la obsesión de toda su
literatura: el tiempo. El gran tema, unido a otros dos: el ideal, el mundo
ideal, y el amor absoluto. Bueno, todo está ahí: lo inalcanzable, lo perfecto,
la melancolía. Otro texto de literatura brevísima, el célebre micropoema de
Pizarnik: “explicar con palabras de este mundo” … La angustia, lo
indecible, el lenguaje. Por aquellos tiempos estaba leyendo también a Roberto
Arlt y en Arlt me resonaban climas, miradas y el lugar de todos los lugares:
“la zona de la angustia”. Más adelante tuve la inmerecida suerte de conocer
personalmente al genio de la literatura del final del XX y principios del XXI:
Eugenio Mandrini. Por elegir una de sus maravillas: “Tango del lobo”. Ahí está
todo: lo melancólico de la existencia, el lugar del poeta en el mundo, la
tradición y sus posibles reinvenciones.
Saliendo de la literatura, diría que lo
que me descolocó desde que tengo uso de sinrazón fueron son y serán Los
Beatles. Diría “Because”, esa canción coral, cuya traducción “Porque” es una de
las pocas que suena más rústica en nuestra lengua. Casualmente “Because”
aparece como cortina en el programa de radio de Alejandro Dolina, “La venganza
será terrible”, y diría que esa obra del artista de la ciudad de Caseros
también me descolocó desde el primer día. Dolina y sus coequipers improvisan y
logran desde hace cuarenta años sacarme risas y reflexiones en las madrugadas
argentinas.
Y el cine, claro. De adolescente iba a ver
ciclos a salas como la Hebraica o el Empire. Por mencionar solo una, diría
“Manhattan” de Woody Allen, el amor y sus contradicciones y contraindicaciones
en blanco y negro me llevaron a soñar con música de jazz, humor y gestos de
solidaridad entre “perdedores hermosos”.
En teatro podría citar la versión de “Cae
la noche tropical” de Manuel Puig, en la que Leonor Manso e Ingrid Pelicori
hacen magia desde una silla y te meten en un universo puignanamente
maravilloso.
No tuve la formación o la suerte para
manyar bien otras artes: arquitectura, escultura, pintura, fotografía, pero, un
poco como un personaje de Roberto Fontanarrosa, diría que el arte está en todas
partes si se lo mira con mirada de artista. Ese regalo es la verdadera
felicidad del arte, lo tenemos todos desde que venimos a este mundo, el asunto
está en no abandonarlo nunca, ir con él hasta el segundo final.
9: IGNACIO VILLANUEVA
Podría
decir que mi relación con el mundo de la literatura comenzó en el nivel
secundario. Allí donde se leía poco, apareció una docente y abrió una puerta
para gozar de aire fresco. Me acerqué a una obra de Borges. No hubo otra
posibilidad, a pesar de los intentos vanos de un futuro económicamente seguro,
yo quería dedicarme a leer y nada más.
El libro
era “Ficciones”. No podía
creer lo que estaba leyendo. Cada clase volvía con nuevas preguntas. Me había
atrapado (lo sigue haciendo) el cuento “El milagro secreto”. El tiempo detenido, la reflexión profunda, el eje
histórico y los porqués de un fusilamiento infinito hacia Jaromir Hladik.
Muchos años después arrastré a la familia por las calles de Praga para
encontrar la avenida, la casa y los detalles tan nítidos en el que me había
encasillado Borges. Pero eran ficciones. Tan típico en nuestro maestro.
Sin
embargo, en el nivel superior me perdí en los círculos concéntricos de la “Divina comedia”. Qué bueno hubiese sido
ir del brazo de esos tres personajes, Dante, Beatriz y Virgilio, escuchándolos
reflexionar en un mundo de simbolismo absoluto. Esa estructura de comedia,
posteriormente denominada divina, me permitió descubrir en forma definitiva la
maestría de Alighieri. No hace falta aclarar que sigo encontrando en los
intersticios de esta obra, verdades absolutas que se repiten en la actualidad,
como calesitas que traen figuras nuevas en cada vuelta, pero con la misma
música de siempre.
Si tuviera
que llevar ese asombro de lo estético, es decir el manejo del tiempo en un
patio de Praga durante la segunda guerra y el descenso espiralado e
interminable hacia un mundo que muestra lo que fueron y lo que somos,
indudablemente lo podría relacionar con “Guernica” de Pablo Picasso. Obra que
sacude y alerta sobre las desgracias humanas. Así frente a ella, en el Museo
Reina Sofía, en dos oportunidades, volví a perder el habla. Porque el silencio
amerita escuchar las voces de los dolientes que están ahí y acá, mirándonos
como protagonistas de una crueldad que no tiene fin. Ese gran óleo como vitral
armado en partes, inundado de grises y lágrimas en la paleta de Pablo, como
Jaromir Hladik frente a un pelotón de fusilamiento esperando una bala que
Borges demora en la sombra del patio; como un Dante que muestra los castigos
para quienes no fueron lo que soñaron sus padres, son una tríada invencible en
la formación de mi sustrato como enamorado del arte de la imagen y la palabra.
10: JAVIER
ALEJANDRO ROBLEDO
Las Pirámides de Egipto, anónimas. Se alzan monumentales sobre el desierto de arena, su diseño
resulta paradójicamente moderno, simples formas piramidales enormes rompiendo
la monótona arena que se pierde en el Horizonte ancestral.
Los cuatro Evangelios, cuatro relatos de ese judío: Jesús que revolucionó la humanidad en
una espiritualidad que, a pesar de las instituciones, ha resistido 2026 años a
encorsetarse dentro de ellas, pues en su mismo mensaje está tal rebeldía y
superación por una espiritualidad real.
“En la masmédula”: Oliverio Girondo en este libro lleva el lenguaje
poético al límite y más allá de él, me descolocó ni bien lo leí, su sonoridad
ineludible, su apertura al juego serio de la palabra. Estableciéndose como un
poeta icónico argentino, de una estética vanguardista, que comienza en la
performance anterior con su libro “Espantapájaros”, llevando Girondo la
gran figura de “El Catedrático” en una carroza fúnebre, con su libro, por la
ciudad de Buenos Aires. Así fue ese enorme cocktail
de personalidades Oliverio.
El Bhagavad-gītā, anónimo. Una obra
religiosa, espiritual, poética y casi narrativa, con un mensaje profundo sobre
el Ser infinito y el ser terrenal dialogando ante la batalla, entre el matar y
morir, entre vida y muerte. La divinidad Krishna enseña con maestría inusual al
discípulo Arjuna, el guerrero que desfallece, para luego trascender los
aparentes opuestos.
“El hombre de la cámara”, de Dziga Vertov. Película pionera del cine, primer
artista que toma la máquina industrial del cinematógrafo como herramienta
artística y experimenta con ella, de formas que aún hoy siguen siendo de enorme
potencia poética y estética, rompiendo reglas de aquel momento en una obra
insoslayable del cine.
Dadá.
Hugo Ball, Tristán Tzara, Kurt Schwitters, Marcel
Duchamp, Man Ray, Francis Picabia, Hannah Hoch, Max Ernst y otros.
Conformaron uno de los movimientos artísticos más
interesantes en mi parecer. Combinando ancestrales artes con nuevas y
revolucionarias formas en poesía, artes visuales, cine, música, artes escénicas
que hoy, luego de cien años, siguen siendo vanguardistas, tal es su potencia
expresiva.
Los Beatles. Lo hicieron todo.
Revolucionaron la música, la poesía de sus letras, sus shows y discos en muy
diversas estéticas combinadas con maestría, sus películas, sus mensajes. Ellos
mismos como personas y personajes (hace poco tuve la suerte de ver en vivo a
McCartney en el estadio de River Plate).
“El jardín de las delicias”, de El
Bosco. Pintura que anticipó el surrealismo, pintó el inconsciente mucho antes
de Freud, un artista descomunal, poderoso e inescrupuloso, adelantado a su
época.
11: JORGE FONDEBRIDER
“Descolocar” puede aludir a dos acepciones
distintas: “Quitar o separar a alguien o algo
del lugar que ocupa” y también “Desconcertar, confundir”.
Tanto la primera como la segunda acepción del término plantean que quien se
descoloca sale de su zona de comodidad. Lo que nos llevaría a pensar en la
necesidad o la molestia de estar incómodo. Y, se me ocurre, a nadie le gusta
sentirse incómodo, salvo que busque ahí algo que le permita ubicarse en otro
lugar. Un ejemplo: si uno se acostumbra a escribir poesía usando endecasílabos
y combinándolos con versos de siete y cuatro sílabas, que es una medida del
todo regular, pasar, por ejemplo, a los octosílabos constituye, en cierta
forma, una incomodidad. Está en cada cual aceptar o rechazar esa posibilidad.
Una nos permite movernos en un territorio más o menos conocido y seguro; la
otra, nos obliga a explorar otras posibilidades. Pero a veces las cosas no son
así de conscientes. En el caso de la música, que es la forma artística que me
importa tanto o más que la literatura, escucho jazz, todo el jazz: desde la
música primitiva de principios del siglo XX a los distintos estilos que fueron
atravesando las épocas: swing, bebop, cool, hardbop, free, etc. En cada época
encontré músicos diferentes que me obligaron a escuchar con otros oídos. Por
caso, al igual que con la música clásica, uno aprende a escuchar free para
llegar a apreciarlo. Hoy, por ejemplo, sé que Ornette Coleman, uno de los
principales creadores del estilo, es central para entender el desarrollo del
jazz posterior. Pero hace cincuenta años no podía escucharlo. Lo mismo me pasó
con el John Coltrane de los últimos años y con muchos otros músicos que tuve
que “aprender”. En otros casos, y pienso en Thelonious Monk, su particularidad,
que me atrajo de inmediato, me llevó a leer de otra manera y, espero, también a
escribir de otra manera. Con la pintura me sucedió otro tanto. Todo en mí me
lleva a pintores figurativos y a aquéllos que, de algún modo, cuentan una
historia, como, por ejemplo, Andrew Wyeth, pero la primera vez que vi un cuadro
de Mark Rothko (una superficie monocroma con mínimas variaciones),
inexplicablemente me sentí atraído por esa mancha de color. Y antes eso mismo
me había pasado con las estructuras geométricas del holandés Piet Mondrian. En
el ámbito de la literatura, donde, si cabe ponerlo así, prima la búsqueda del
sentido, me resulta más difícil establecer este tipo de atracción. Tal vez
Dylan Thomas, con cuya búsqueda estética no tengo nada que ver, siempre me
descolocó un poco y tuve que aprender a leerlo, primero en arduas traducciones
castellanas y después en inglés. Para concluir, siempre me pregunto qué es lo
que nos atrae de lo que no entendemos. Creo haber aprendido que esa atracción
va a depender de una especie de fe, algo irracional que nos va a llevar a la
frecuentación y que, de tanto concentrarnos en el objeto, un día nos va a dar
algún tipo de información de la que al principio carecíamos. Lo importante,
creo, es no quedar paralizados.
12: MARCELO SUTTI
Arraigado a
nuestro norte, respondo la propuesta enaltecido por la convocatoria y
agradecido por permitirme expresar mis preferencias inmediatas. Desde mis pies,
la tierra y el placer ordenan comenzar por mis raíces.
Hablar de
Dino Saluzzi, el bandoneonista y compositor argentino, es ya sentir las
vibraciones de un tren. Ese tren que atraviesa Campo Santo, lugar de siembra y
cosecha de cañas de azúcar. En mi imaginación, los fuelles que van uniendo los vagones fueron,
quizás inconscientemente, destinos de bandoneón. Si bien su padre, Cayetano, fue
el antecesor indudable de sus vocaciones, y digo sus, pues los tres hermanos
siguieron esos pasos de polvaredas carperas y encuentros de domingos.
Dino
Saluzzi enfrentó al mundo desde la soledad de un pueblo, siempre llevando a
cuestas la etérea realidad de sus orígenes y así, su música sabe fusionar jazz,
tango, música académica y nuestro folclore.
Pude conectar con sus mensajes
poéticos-musicales, sintiendo el amanecer y el ocaso de nuestros valles,
quebradas y ese canto particular que baja desde la Puna. Debo confesar que no
puedo abstraerme y describir sólo mis sentimientos a través de una de sus
melodías: son tantas sensaciones que trascienden mis posibilidades de elección.
Como se
sabe, el bandoneón es un instrumento síntesis de los órganos de iglesia, así
fue concebido en Alemania. Vaya uno a saber qué magia hizo que desembarque en mi
provincia de Salta y que aquí encuentre el aire necesario para convertir las
notas musicales en la música que recorre nuestro planeta descolocando
sensibilidades. Abrazo a Dino y familia agradeciéndoles las emociones que
supieron transmitirme.
Hablando de
literatura reconozco un caso similar. Mi admiración y goce por la palabra,
vuelo, tierra pura, conocimiento, delicada alma del pueblo, trovador… Poeta:
Manuel J. Castilla. Fui espectador del último recital que diera en Salta. Yo,
un joven curioso y emocionado, ya no pude volver al camino de la indiferencia
poética. Fue un golpe bajo a lo más alto del sentimiento humano. Trastabillar
leyendo “Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante” …, sus
sonetos, su médula del chaco y de Bolivia, sus letras de los valles y
quebradas, sus óleos del paisaje hecho palabras, su bendición del vino.
Tengo la
suerte de haber heredado la amistad de sus hijos y con ellos, la poesía
heredada por ellos y que, como una cascada, transmiten y se derrama entre
nosotros sus amigos, con la humildad de su padre y también su incandescencia.
Siento el
orgullo de no tener que irme lejos para responder la consigna del compilado,
aquí muy cerca vibra Manuel y canta Dino, partes de una geografía que seguirá
marcando rumbos y ofreciéndonos vibraciones de luz para quienes agradecemos ver
pasar el tiempo más por dentro que por fuera, conscientes de saber que las
emociones salvan tu propia vida y que tal vez ocurra que algún náufrago se
aferre a la madera de la poesía y la música para llegar al continente de la
felicidad, la que no tiene precio ni se vende: un regalo del alma.
13: SANTIAGO REBASA
La temprana
observación de la fotografía de Robert Mapplethorpe (1946-1989) produjo un
primer impacto estético, conjugado con la sorpresa, que iba a poder detectar
más tarde, por la belleza que lograba extraer de las flores tanto como de los
cuerpos de mujeres y de hombres. Dejó una impronta desde ya en mi interés
fotográfico y literario respecto de las flores (de belleza animal y humana)
como de los cuerpos (florecidos en la belleza). La belleza del cuerpo de la
mujer me era espontáneamente cercana, pero Mapplethorpe agregó al catálogo de
la belleza el cuerpo masculino, de una manera que solo el arte puede lograr,
con el soborno de la belleza que los elementos técnicos hacen despertar en las
superficies de la luz o de la piel, de los músculos, un erotismo simple, de la
admiración del cuerpo como superficie divina. Gran impacto. Sigo fotografiando
flores, sobre todo, que suelen ser un poco más accesibles.
No puedo
dejar de lado, se me viene a la mente desde que me puse a pensar en una obra de
arte que pudiera descolocar, el impacto que produjo en mí la lectura de “Ficciones”,
de Borges (1899-1986). La belleza, sin embargo, perdurable, de “En busca del
tiempo perdido”, que todavía disfruto, la encuentro más en continuidad con
la de una obra de observador minucioso, con un parentesco con la bitácora de
exploración que es la gran obra de Freud (1856-1939). Proust (1871-1922),
además de un maestro de los párrafos, en los que nos puede llevar a distintas
partes y tiempos sin dejarnos del todo perdidos, es un maestro de la
observación del alma humana. Sin embargo, lo que me descolocó de “Ficciones”,
de sus cuentos, es la forma atractiva y novedosa de pensar la invención, la invención
por la vía de la palabra, ¿primero fue el verbo?, Borges juega en el barro de
la creación. Y en “Ficciones”, un poco también en “El Aleph”, y
en otros lugares, lo hace con un grado de perfección y concentración
prodigioso. La condensación y despliegue mayores los encuentro en el primer
cuento, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, donde no es tan fácil seguir la evolución
de los planos de realidad y realidad literaria, y donde la operación mayor
sucede cuando, al final, se entrelazan como en una banda de Moebius, y ya no
pueden separarse, la realidad de Tlön, aparentemente literaria y solo
literaria, introduce sus objetos en la realidad “nuestra”, con su peso
descomunal y sobrenatural. Del mismo modo puede pensarse cómo la literatura
modifica la historia (en “Tema del traidor y del héroe”) o cómo la ficción del
sueño corrige la muerte (en “El sur”). Un autor que pone la creación literaria
en el lugar de la magia, tan propio, a mi entender, de la poesía en su
capacidad de invención y conmoción del alma.
En cuanto al cine, Peter Greenaway ha logrado
descolocarme en todas las películas que vi de su autoría. Creo que la causa
principal de ese efecto puede ubicarse, tal vez, en esta diferenciación que él
mismo hace, sobre el cine como séptimo arte, al que define como no siendo la
filmación de una historia que, dice, es lo que hace la mayoría. En este último
arte he disfrutado a W. Allen, W. Wenders, A. Kurosawa y tantos otros, pero
acuerdo con Peter Greenaway que él hace otra cosa, que podemos ver más fácilmente
en “Una zeta y dos ceros” (Z00), o en “Drowning by numbers”, o en “La
tempestad” … ¿Se trata de una forma de poesía, de una producción con
movimiento, sonido y luz, cinematografía, que escapa a la reseña típica, a la
sinopsis, a los géneros?



