JORGE ETCHEVERRY
Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano.
Luego fui al taller del viejo para buscar una huincha aisladora que había visto
por ahí, de esa negra que se usa para empalmes eléctricos. Cuando había dicho
en la mañana que ella y yo teníamos la intención de dar un paseíto por la
playa, alguien, una de las tías había comentado "Es muy peligroso andar
por ahí a esa hora. La semana pasada asaltaron a una pareja de novios casi
frente a la carretera. A ella la violaron entre todos y a él lo dejaron a muy
mal traer". Pero no tenían nada que venir a decirme a mí. Yo sabía que
todos pensaban que yo era un señorito de la capital, que estudiaba en la
universidad y estaba de visita en la casa en la costa de mis futuros suegros
después de mi salida del hospital en que había estado por ese problema de los
nervios. Para tomar el sol, ir a la playa, relajarme. No sabían que también
tomaba mis precauciones. Eché una mirada a la cocina y a la gente reunida en la
sobremesa después del almuerzo, que conversaba. Nosotros dos estábamos en el
patio, no habíamos almorzado. No es agradable caminar con el estómago lleno. Ni
hacer otras cosas, si usted me entiende. Ella preparaba una canasta con alguna
fruta, quizás un poco de salame, bebidas, huevos, un par de sándwiches de
queso, no me acuerdo bien, cosas así. Eso era lo que le tocaba hacer a ella
siempre que salíamos a caminar por la playa. A cada uno lo que le correspondía.
Ahora a las precauciones. Yo me había decidido a
las finales por el formón que era bastante largo para tratarse de un formón. La
lezna y el cuchillo habían quedado en la caja de herramientas. Se requiere
bastante más habilidad para manejarlos de la que yo tenía. El sol ahuyentaba a
las nubes, pero la atmósfera aún permanecía un poco húmeda y sofocante. Los
pastelones de cemento del suelo todavía estaban mojados. En general, a esa hora
y fuera de la estación de veraneo, la única gente que frecuentaba la playa eran
por lo general pescadores, mariscadores y recolectores de lama. Los había visto
en la playa, o sino en el mercado, innumerables veces, destripando pescados,
cortándoles la cabeza, desollándolos, sacando los caracoles de sus conchas con
unos alambres curvos, mientras a sus pies crecía el montón de entrañas,
pellejos y cabezas de pescado, punteado de moscas que zumbaban, mientras arriba
en el cielo azul, las gaviotas esbozaban círculos voraces sobre sus gorros de
lana. Salimos caminando sin prisa hacia la playa. Tardamos casi una hora en llegar.
Hacía un poco de viento. Ella se había amarrado el pelo rubio con una cinta
roja. A mi pedido, se había sacado las medias y las había echado en la canasta.
Cuando al fin atravesábamos las primeras dunas había más viento, pero hacía un
poco más de calor. La playa se estiraba a lo largo de toda la costa, entre las
dos ciudades, bordeada y a veces invadida por las dunas. Caminamos todavía un
par de cuadras para estar más seguros. No se veía un alma por las cercanías. A
esa hora toda la gente del pueblo debería estar durmiendo la siesta. Pero no
todos. A unos cincuenta metros hacia mi izquierda me pareció ver por el rabillo
del ojo unos movimientos furtivos. Me detuve a orinar mientras examinaba el
contorno como a la descuidada. Decidimos quedarnos entre las dunas porque más a
la orilla del mar corría un vientecillo helado. Atravesamos montañas de conchas
de mariscos y patas de jaiba, cochayuyo seco, buscando un lugar propicio. El
olor de las lamas en putrefacción, de las conchas marinas, llenaba el aire. Ese
olor marino siempre renueva la vitalidad y es muy excitante. Respiré con
ansias. En un recodo en que se juntaban dos dunas, la arena formaba como un
nido, para esos dos tórtolos que éramos nosotros.
Allí nos sentamos y comenzamos a besarnos. Aventuré
una mano por su piel. Pero no estaba tranquilo, no podía abandonarme. Además se
me había olvidado la píldora en la casa. Pero por una vez no iba a pasar nada.
Volví repentinamente a la cabeza como si un sexto sentido me avisara. En una
milésima de segundo alcancé a ver la silueta de un hombre moreno que gateaba
rápidamente, a unos veinte metros y casi a los pies de una duna. "Un
parejero", me dije. Al verme, adoptó una postura relajada, tendido boca
arriba con un brazo doblado bajo la cabeza. No era más que un tipo que tomaba
sol. Me volví para ver si había otra gente cerca. Como a una media cuadra más
atrás advertí la silueta oscura de otro hombre que caminaba apareciendo y
desapareciendo entre las dunas. Cundo di vuelta la cabeza, hizo como que se
agachaba a buscar algo en la arena ¿Un cristal pulido por las aguas? ¿Una
concha? ¿Una piedra con vetas coloreadas? Yo no podía saberlo. Le hice a ella
una además para que nos levantáramos. Comenzamos a desandar el camino. Logramos
por fin encontrar una ubicación que nos aseguraba por lo menos la visión de
casi todo el paisaje frente a nuestros ojos, con la espalda contra una pequeña
duna. Nos sentamos. Nos besamos. Acaricié y besé sus muslos, subiendo su falda
con mi rostro pegado a ellos hasta que sentí el suave aroma de su sexo. Luego
ella comenzó, con gestos pausados, a soltarse el pelo. Ése era un gesto que
siempre me excitaba. Yo entretanto desenrollaba la cinta aisladora que había
traído en el bolsillo de atrás del pantalón, y la enrollaba alrededor de la
hoja del formón, para hacer una empuñadura. Nunca se sabe lo que puede pasar y
había mucho movimiento furtivo alrededor. Generalmente para aplicar golpes y
tratándose de un formón, es preferible la empuñadura. Si ésta es de metal, será
de un metal más pesado que el de la hoja (en este caso de plomo), y tendrá más
cuerpo para golpear. Al blandirla, el peso de la empuñadura doblará la hoja por
sí misma, agregando fuerza al golpe. Pero al empuñar el formón por la hoja, que
es de acero, de ángulos filudos, duele la mano y puede que los dedos se
resbalen. Por eso es conveniente cubrirla con bastante huincha aisladora, o en
su defecto, con gasa, tela emplástica o género. En último caso cáñamo, tratando
de formar una empuñadura. Tiene que ser un material que no sea resbaladizo. Hay
quienes prefieren golpear con la hoja, así convenientemente envuelta, alegando
que la huincha o el género amortiguan el sonido del golpe y no dejan señales
externas. Pero por lo que he leído es preferible golpear con la empuñadura,
sobre todo cuando es de metal.
La silueta anteriormente vista debía estar ahora
más cerca. No la veía, pero la presentía. O mejor la suponía. El hombre no era
tan tonto como para mostrarse, corriendo el riesgo de ser visto. Y era un
adulto. Si se hubiera tratado de un adolescente no hubiera resistido la
tentación de asomar un largo y delgado pescuezo sobre las dunas, atisbando
impaciente con sus febriles ojos bordeados de ojeras. Pero se trataba de un
hombre con experiencia, por su sinuosa manera de reptar, por su contención
hasta las finales del espectáculo, y por su persistencia y aplomo al sentirse
sorprendido. Pero había cometido un error garrafal. O se estaba poniendo viejo.
Yo veía su sombra que se proyectaba por detrás de una duna situada al noroeste
nuestro, mientras la besaba. Hay otro indicio que me permite asegurar que se
trataba de un perito en la faena: La primera vez que un novato se encuentra
sorprendido, se avergüenza y huye. Este tipo se había quedado donde mismo, y su
actitud al pretender tomar sol en un terreno que bien se veía que no era el
apropiado, y en una tenida absurda, era de una tranquila mofa, incluso de
franco insulto y desafío. Si yo lo interpelaba, (a nadie en su sano juicio se
le ocurriría hacerlo), sabría que tiene todas las cartas en la mano, porque las
parejas recorren la playa buscando la clandestinidad y tienen que pagar su
tributo. Sé de quienes se hacen los desentendidos y consuman su amor, a veces
ante decenas de ojos. Por otra parte, he sabido de sujetos que han llegado
hasta el chantaje, si la señorita es de una buena familia conocida en la zona.
Por lo tanto, le indiqué a ella, sin mover casi los labios, mientras la besaba,
que no diera a entender que habíamos visto al sujeto, y cuando finalicé el
largo beso, ya tenía hecho mi plan. Ella caminó unos pasos hacia la derecha y
empezó despacito a bajarse el cierre del vestido, como si fuera a desvestirse.
Yo, sin hacer ruido y empuñando el formón por la hoja repté como un reptil
hacia la duna detrás de la que se ocultaba el hombre. Subí en cuatro pies hasta
cima, cuidadosamente. Ella ya estaba en calzones. Con ademán púdico se cubrió
los pechos. Era de esperar que el hombre no se hubiera dado cuenta, porque era
como anunciarle que lo habíamos descubierto. Una niña que sabe que no la están
mirando no se cubre los pechos. Avancé más rápido, empuñando el formón por la
hoja envuelta en la cinta negra. No era necesario tomar precauciones extremas:
el tipo no esperaba mi proceder y era seguro que la miraba embelesado tratando
de no perder detalle de ese festín visual. Al llegar a la parte de arriba de la
duna levanté por accidente un poco de arena con la mano en que llevaba el
formón. Inmediatamente me eché boca abajo inmóvil esperando que el hombre no se
hubiera dado cuenta. Pero entonces me pasó un accidente que resultó
providencial. Me raspé la frente con una piedra (o roca) que apenas sobresalía
de la arena. No la había visto por su color blanco, que la mimetizaba. Quizás
era de cuarzo. En otras circunstancias me habría detenido a admirarla. Si me
hubiera corrido unos centímetros más hacia la izquierda me habría abierto la
cabeza como una sandía y no estaría contándoles esto. Ahora al pensarlo, se me
encoge el corazón.
Pasé momentos de angustia y sudé copiosamente
mientras extendía la mano hacia la piedra: si era una roca con tan sólo ese
pedacito afuera y la masa oculta por toneladas de arena, no tendría la menor
posibilidad de levantarla y menos manipularla. La parte sobresaliente no
excedía en volumen o peso a un adoquín común y corriente. Ahora, fiel a las
instrucciones que le había musitado, ella se bajaba lentamente los calzones.
Por un momento yo también me dejé absorber por el espectáculo. Una gaviota pasó
graznando sobre mi cabeza y me sacó de mi contemplación. Me alcé de rodillas con
la piedra en vilo. Abajo, en cuatro pies, en mitad de la duna, el individuo
observaba, protegido, él creía, por un montón de lama seca. La piedra se
estrelló sobre su cráneo que se abrió con un crujido seco, como un ladrillo que
cae sobre un piso húmedo, de tierra. A su lado cayó el formón, que había dejado
caer sin darme cuenta.
Entonces ella vino a ver, con los grandes ojos
azorados, y desnuda. El sol parecía mojar su cuerpo bronceado de largos
miembros natatorios. Sus ojos glaucos brillaban como dos pequeños charcos, al
sol. "Agáchate", le dije, "te pueden ver de todas partes".
De la cabeza rota del hombre casi a sus pies manaba una sangre espesa, tirando
a granate, que se arrastraba penosamente por la arena, que la absorbía. Bajo el
sol, que la coagulaba, iniciando perpetuos cursos murientes como de lacre
caliente. Ella miraba paralogizada. No tuve más remedio que tomarla de un
hombro y lanzarla de espaldas contra el suelo, para que no la advirtieran. Pero
de repente me comencé a sentir muy excitado. Intenté abrir sus piernas pero
parecía nerviosa y las apretaba. Mientras yo forcejeaba, moscardones y tábanos
zumbadores comenzaban a congregarse en, sobre, y alrededor de la cabeza del
hombre que yacía a unos pasos. Después de intentar penetrarla por unos instantes,
desistí. Sus miembros parecían los de una muñeca de goma. Era claro que ella no
iba a poder hacer el amor en esas circunstancias. "Vámonos de aquí",
me dijo mientras fruncía la boca a punto de llorar. Le indiqué imperativamente
que primero fuera a buscar su ropa que se distinguía en un montoncito vaporoso
al pie de una duna. En el momento en que se levantaba vi a la segunda silueta
aparecer a unos cincuenta metros de nosotros. Con pavor, traté de ocultar el
cadáver con mi cuerpo, lo que era difícil, ya que era más voluminoso que yo, y
me manché de sangre la manga de la camisa. Afortunadamente, el otro hombre no
se dio cuenta, pues la estaba mirando a ella, erguida primero, inclinándose
después a la vera de la duna en procura de su ropa, resplandeciente en su
desnudez, como una estatua de marfil, con una pátina apenas doraba. Tomando
lentamente una prenda después de otra, volviéndose a agachar en procura de una
zapatilla que se le había caído. El hombre ya me había visto antes, con ella.
Que su torpe vista escudriñara el terreno al notar mi ausencia era cuestión de
segundos. Era cuestión de un par de parpadeos luego del encandilamiento.
Recogí, inclinándome, el formón por el mango, luego lo tomé por la hoja y eché
una mirada al terreno. Todo en cuestión de segundos. Luego eché a correr,
agazapado, en zigzag, por entre las dunas, fuera de su campo visual.
Es difícil correr rápido en la playa. El viento ya
no levantaba arena. Por el contrario, la que yo aventaba con cada uno de mis
pasos se reincorporaba pesadamente al terreno. Cuando llegué a su lado, él ya
no la miraba. Ahora estaba con la mirada fija en el cadáver y parecía
asombrado, como tratando de hacer una suma de cosas dispares: una niña desnuda,
con sus ropas en la mano, más un cadáver con la cabeza rota, en torno al cuan
zumban las moscas. Me erguí rápidamente y lo golpeé inmediatamente detrás de la
oreja, como he oído decir que se golpea a los conejos. Quedó trastabillando
como un gran oso harapiento. No caía. Giré en torno a él y le di con el formón
en la parte posterior del cráneo. Entonces sí que cayó, pero se debatía,
moviendo brazos y piernas. Tuve que golpearlo repetidas veces y aún así, la
cabeza parecía compacta como si estuviera rellena de género o de arena. Pero
estaba muerto. Sus movimientos vestigiales disminuyeron hasta desaparecer.
Ahora ella llegaba con su ropa bajo el brazo, sin parecer comprender lo que
sucedía. Ahora era necesario ocultar ambos cuerpos. Miré a mi alrededor. Cerca
de allí había una depresión entre dos dunas. Yo quería colocar allí los dos
cadáveres y luego echarles arena encima. Mientras arrastraba al pesado bruto
por los pies hasta echarlo en la hendija, ella salió de mi campo visual. Cuando
hube terminado con esa parte de mi tarea di vuelta la cabeza para ver dónde
estaba. No la vi. Tampoco vi el otro cuerpo. Sólo vi su ropa que estaba tirada
sobre la arena, a merced de la brisa que soplaba, de cualquier manera. Me di a
la tarea de buscarla. A los pocos segundos me di cuenta de que estaba un poco
más allá, llorando a la orilla del mar. Estaba cansado y un poco mareado y me
costaba hablar. Ella arrastraba al otro cuerpo de un pie, trabajosamente,
dejando atrás un hilillo oscuro de sangre que se coagulaba rápidamente en la
arena tibia. Ella se detenía cada cierto trecho para tomar aliento entre
sollozos, al borde de un ataque de histeria. También se la veía a punto de
desplomarse. Ella me miraba con el temor de un niño que espera golpes y
reprimendas. Yo la calmé lo mejor que pude con una sonrisa y esa pequeña caricia
en la mejilla que siempre tenía el efecto de tranquilizarla. Me despojé de mis
ropas, disponiéndome a completar la tarea. Me eché el fardo inerte a la espalda
y eché a caminar por la arena, agobiado por el peso, adentrándome en el agua,
hasta que me hubo llegado al cuello. En verdad el agua estaba helada. Entonces
lo solté y vi cómo se hundía de bruces primero, para luego subir a la
superficie lentamente y quedar boca abajo, con el tronco al aire, y los brazos
y piernas, así como la cabeza, colgando dentro del agua. El agua inflaba sus
vestimentas, demasiado amplias para su osamenta, produciendo un efecto casi
cómico. Di unas cuantas brazadas y me pelé una rodilla contra una roca del
fondo. Tiritando salí del agua. Ella estaba sentada sin expresión. Yo recogí mi
ropa y eché a caminar con ella hacia las dunas, un poco embotado.
Al llegar de vuelta a la arena nos
encontramos con una desagradable sorpresa, que las dunas nos habían ocultado:
Un hombre de gabán, al parecer un pescador, examinaba el cuerpo medio cubierto
de arena con un cierto asco. Con la punta del pie dio vuelta la cabeza buscando
la invisible lesión. Por la boca de la cabeza todavía brotaba un hilillo de
sangre. El hombre contempló el cuerpo casi con indiferencia. Sus ojillos rojos
brillaban impasibles bajo las hirsutas cejas, entre el grueso cutis curtido. Su
cara era tan expresiva como un pedazo de cuarzo. Yo miraba todo como si
estuviera muy lejos.
En una de sus nervudas manos sostenía una
antigua pistola. Al cinto le pendía un cuchillo abridor de mariscos. "
—No traten de hacerse los desentendidos —nos dijo—.
Lo vi todo.
Nosotros nos miramos con zozobra. Cuando dijo
"tapen el cadáver", una chispa de esperanza hizo vibrar al unísono
nuestros cuerpos desnudos. Ambos nos pusimos a echar arena haciendo pala con
las manos juntas hasta formar un montículo de regular tamaño sobre el yacente.
Cubiertos de sudor dimos fin a nuestra tarea y nos quedamos enfrentando al
viejo gigantón en actitud interrogante. Entonces nos dio la espalda y se
marchó. Nos quedamos paralogizados y nos abrazamos. Ella se notaba nerviosa.
Era natural. Por el contrario, yo me sentía un poco afuera de lo que estaba
pasando. Algunas gaviotas describían círculos o parábolas en lo alto, sobre el
túmulo, seguramente esperarían que nos fuéramos para empezar a picotear el
cadáver. En el mar, a una decena de metros de la plaza, se veía algo como un
tronco, en el que se atareaban ahora innúmeras aves marinas. Nosotros sabíamos
de qué se trataba. El sol brillaba. Las gaviotas graznaban oliscando la muerte.
Nos quedamos parados, tomados de la mano, sin saber qué hacer. Pronto las aves
de rapiña y los perros errantes de las playas darían con el cadáver enterrado y
lo expondrían sobre la arena, donde cualquiera que acertara a pasar podría verlo,
como eventualmente sucedió.
—Tengo ganas de ir al baño —decía ella,
sollozando—, tengo ganas de irme a la casa.
Pero entonces el hombre ya volvía, desandando sus
pasos. Con una mano arrastraba un enorme montón de cochayuyos. Entre los haces
saltaban pulgas de mar. En la otra mano se advertía un teléfono celular. Luego
extrajo de un bolsillo un gran pañuelo y se secó el sudor de la frente y el
cuello en forma lenta. Pausadamente. Sus movimientos y ademanes eran calmos.
Sin embargo, en sus ojos nos miraba algo que no era benevolencia. A lo lejos
vimos acercarse una pareja de policías. Nos dijo:
—Vístanse, nos vamos.

