Saturday, April 12, 2025

Los muchachos de la base

 

Jorge Etcheverry

No había nada más que discutir. Felipe H sacaba entonces unas hojas escritas a máquina llenas de tachaduras y borrones y como era flaco y no gritaba mucho las pasaba humildemente de mano en mano y eran cuentos o poesías y los demás se reían su poco pero no con mala intención y las chiquillas se ponían un poco coloradas. Se le daba siempre la palabra como de común acuerdo, pero siempre se iba por las ramas, por las cosas chicas; lo que pensaría cada persona, lo que podía pasar en cada situación concreta. A nosotros nos gustaba ir al grano y cortar los quesos de golpe. Meterse en la cabeza de cada viejo o cada señora era cuento de nunca acabar. Pero en todo caso era mejor que el otro maestro de anteojos, que quería sacar documentos y discutir las bases teóricas de cada peo que nos tirábamos. Claro que no se le podía negar su formación política, aunque nunca se dignaba pegar un afiche. Pero tampoco se lo paraba y las finales las más de las veces se hacía lo que decía él. Pero todo resultaba mejor cuando lo decía el Juaco, que era medio viejón, que chupaba el cigarro, escupía unos hilos de tabaco baboso y empezaba a hablar despacito, casi al final de la reunión, y uno sentía que tenía razón porque sí, porque era el Juaco. Cuando hablaba el universitario nadie decía nada, porque tenía razón, estaba claro, pero como que no calentaba. Entonces el Juaco levantaba el índice nicotinoso y esperaba un rato y empezaba "Lo que quiere decir el compañero..." y recién entonces la cosa importaba. Era como si comenzáramos a verlo todo. No estar de acuerdo hubiera sido como decirle que no a una película, al mono de una revista. Todo aparecía tan clarito. El Juaco se perdió al comienzo. El poeta me mandó un afiche de Amsterdam. Desde que me echaron de la pega he andado al tres y al cuatro y entre esto y lo de más allá no me queda tiempo para la política.

 

Tuesday, April 8, 2025

Advertencia a televidentes, ipódeos, e

Jorge Ramón Etcheverry Arcaya



Cuando la noticias se despliegan en las pantallas o se hilvanan en los reportajes, ¿es acaso la adrenalina la que nos mantiene con los ojos fijos, recibiendo, asimilando y atesorando la ira?. Nos resistimos a que la masacre cumulativa de esas viñetas sangrientas venga a reemplazar a las películas cada vez más fomes, a la música que ya nos deja más o menos igual. Con la micropantalla en la mano cuando sentados en trenes, aeroplanos, o en el sillón frente a la tele, los espectadores se conmueven, se espantan y se enrabian cuando miran esas imágenes. En alguna parte del tejido nervioso los centros procesadores de la materia gris ya empiezan a bostezar aburridos de la repetición que atenúa, desdibuja y a lo mejor borra hasta lo más terrible. En el peor de los casos un inconsciente afán de novedades hace que los dedos cambien el canal para brindarnos nuevas cargas de atrocidades. En el mejor de los casos una voz acaso nos susurre que tengamos cuidado: no sea que las células sean las que nos piden un poco más de adrenalina y no los altos ideales que siempre profesamos.


Wednesday, April 2, 2025

Desorden, miedo, voyeurismo


Jorge Etcheverry        

 Por su constitución más bien delicada, J. no tiene ganas de pasarse el día ordenando papeles, lavando loza, barriendo o pasando la aspiradora, etc., y no contesta a veces los mensajes telefónicos, emails, imbuido como está por ese temor vago, siempre presente, que tiene sus alzas y sus bajones según cómo se vaya dando la mano micro macrocósmica. Ese miedo no es solo cosa de él y de los círculos en que se desenvuelve. Aqueja a muchísima gente, y se ve acompañado en la mayoría de las casos por una lógica bastante rigurosa de parte de los afectados.  Después de todo, esa lógica, y la razón, son formas de ordenar el caos y la aniquilación que dichos individuos sienten que los amenaza por todas partes. En general, creo que hay mucha gente que opina que esa idea de la realidad, o concepción de mundo, es acertada. A lo mejor hasta denota inteligencia, un nivel elevado de conciencia. Y no es que estemos disculpando la neurosis o la paranoia. Porque dada la finitud de la vida, sobre la que tratamos de no pensar, además de la entropía presente en todo orden de cosas, es difícil evitar que muchas personas se sientan aquejadas por una cierta angustia. Sabiéndose mortales, puede que traten de armarse un orden cotidiano que de alguna manera compense el caos que los rodea y que a la postre, y como a todos, va a terminar por aniquilarlos.

 Pero el que habla por teléfono no es uno de sus amigos—así llamados—con quien podría hablar de estas cosas, y que incluso entendería su humor intrínseco, evidente para muchos fulanos o fulanas exilados, sin complejos, aunque vivan en esta otra tierra, mentada como “de oportunidades”, y donde se han ido armando otras vidas, aunque sigan marcados por sus estigmas originales.  No era tampoco el flaco del Círculo Español, que andaba organizando un taller de literatura, para así llevar un poquito de cultura a las actividades de su asociación, el  que abarcaría los diferentes géneros; prosa, poesía, ensayo, teatro, e incluso guiones para el cine o la televisión—único campo rentable para la escritura en estos tiempos— y que de concretarse tendría seguramente un público de señoras y caballeros jubilados. Mientras contesta el teléfono, J. no puede dejar de apartar los visillos con los dedos para ver si la vecina se está vistiendo o desvistiendo. A esa hora de la mañana ella está en su departamento cuando no va al trabajo, que debe ser un part-time, como se dice por aquí. Él supone además que ella estudia en la universidad. No está muy seguro de su edad, aunque representa entre los veintitantos y los treintitantos, un poco entradita en carnes, pero muy bien hecha, torneadita. Cuando no le toca ir al trabajo o a la universidad—si suponemos que está estudiando— se la puede ver caminando, haciendo esto o lo otro, pasando por la ventana de su cuarto, o de los otros cuartos de esa casa que comparte con otra gente joven. No está seguro si se trata de amigos, o de gente que comparte el mismo lugar, roomates, sin nada en común. A lo mejor no se puede fumar, porque J. ha visto cómo ella a veces cierra la puerta de su cuarto, enciende una varilla de incienso y se pone a fumar un cigarrillo, en la noche, tras sus cortinas casi absolutamente transparentes, quizás ignorando que a unos cuantos metros se encuentra la ventana del estudio de J., a quien a esa hora precisamente le bajan las ganas de examinar unos papeles que dejó sobre el escritorio, y se levanta de la cama y va al estudio. No sabe si ella es consciente de ese hecho, de ser una niña exhibicionista o  a lo mejor simplemente descuidada, que por casualidad vive en una casa vecina a la de un voyeurista, o si inocentemente solo se deja vivir. Pero el acto furtivo de la observación sistemática u ocasional, intencional o casual, en un delito en esta sociedad un poco dura en estas cosas, más bien menores, pero que permite a los traficantes de drogas y cafiches ocupar sus esquinas del centro, hacer su negociado a vista y paciencia de todo el mundo, incluso de la policía.  No hay tampoco que olvidar algunos atenuantes: gran parte de esos protagonistas, y la mayoría de las mujeres jóvenes que explotan, son menores de edad, y si se los aprehende ocasionalmente, no tardan mucho en volver a circular.  La misma policía declara a través de sus personeros, ante las conminaciones y recriminaciones de padres angustiados, que si se deciden a apretarle las clavijas a los ratones que trabajan en las esquinas, se les van a escapar los peces gordos que los dirigen y a los que en realidad se trata de controlar.  No.  No es culpa de J..  Cuando él se mudó la situación ya esta armada así, y daba lo mismo que fuera él o un armadillo el que arrendaba el departamento.  Existe el consenso casi fanático de la privacidad personal: quizás esa cortinita que no tapa nada, sobre todo en la noche, cuando las otras luces están apagadas, es una convención, un símbolo, que hace que los naturales del país oficialmente no vean nada y que ese espectáculo quizás ni exista para ellos, ni tampoco en su, expresándolo de una manera más académica, horizonte de expectativas.

 

Monday, March 31, 2025

FAREWELL. Santiago, April 5, 1975

Gabriela Etcheverry 

Soon a great bird will take me to that strange, cold land

where you are now
a place where what we were or what we would have been no longer matters
because we must rebuild ourselves
sprouting like sculptures in the middle of the desert
made from the earth where we buried our loved ones
mud sculptures with no walls to shelter them
nor roof to protect them

My eyes are still looking beyond the now-uncurtained window
but all they see is the desolation behind me
not a single picture of yours on the walls
not a spoon in the kitchen
not a chair where to sit my sad humanity

“You will leave the hills and the ocean,
the starry skies of Coquimbo,
the sun, the moon, and the wind.”
And as if that weren't enough,
“You will leave father and mother and follow your husband.”

The wolf came, dear husband,
and with a breath he blew our house down,
or up,
he blew it into the air.

Turista y Dragón


 JORGE ETCHEVERRY

Friday, March 28, 2025

It’s at skid row

Patrick Phillmore

That I've discovered
the value of a cup of tea
a blanket
a roof over my head
a bowl of soup on winter mornings
I've shared cigarettes
and small memories
I've tried clothes for hours
at the Salvation Army

And I've seen the city at dawn
still unpolluted
by the hordes of cars
the prissy office girls
and the guys in suits
with laptops
and briefcases

“Revulsivo y de denuncia”: una reseña del libro “Desecho e izquierdo” de Rolando Revagliatti.

  Antonio Ramón Gutiérrez “ Desecho e izquierdo ” es un juego fonético y de sentido, que evoca de algún modo los juegos de Oliverio Giron...