Thursday, July 30, 2026

El Arte Macabro

Jorge Etcheverry

Como su colega de los últimos días del siglo diecinueve, los presuntos Jack The Ripper contemporáneos (así llamados por analogía, ya que nunca reclaman sus derechos de autor) también tendrían una especialización, cuya elección queda a cargo del lector, que para eso debe revisar las crónicas rojas—o no tan rojas—de periódicos virtuales o en papel, dependiendo de los países y la información disponible. La predilección del Jack The Ripper tradicional, el que todos conocemos, no es la misma de para estos nuevos asesinos, ya que sus actividades no se centran exclusivamente en las así llamadas prostitutas, sino que abarcan de manera progresiva a las mujeres en general. No parecen tampoco empeñados—llevados o no por el ansia de fama—en imprimir su sello personal en el mapa enrevesado, irregular y sangriento de los femicidios en nuestros tiempos. Cosa que es por lo demás bastante difícil, basta ver la tele o meterse en el internet para ver cómo se multiplican los casos. Después de las memorables y relativamente recientes hazañas delictivas llevadas a cabo por figuras históricas que se me vuelven a escapar de la mente, repetimos que es difícil si no imposible lograr fama a través de este tipo de crimen, cuando aparecen en la pantalla de la computadora o tableta, y casi sin esfuerzo y en unos segundos, las decapitaciones colectivas de los narcos mexicanos, de los islamistas, y las diversas ejecuciones, atentados y mutilaciones, que así brotan en todos los medios como praderas de flores rojas, producto de anhelos místicos e espirituales de múltiples actores sociales y culturales—que no voy a nombrar para evitar que le pongan precio a mi cabeza si esto alguna vez se publica--que como decía se dedican a la crucifixión, quema, tortura, decapitación y violación de los—y preferentemente las—infieles allí donde las circunstancias les permiten hacerlo.




Monday, July 20, 2026

Miedo

Jorge Etcheverry

Pero con el tiempo, ese comportamiento, mezcla de la actitud casi refleja de las personas sujetas a bombardeos continuos o periódicos o de esa gente que vive en circunstancias que los hacen sentirse permanentemente observados, se iba a convertir casi en una segunda naturaleza para la raza humana en general, especialmente en las ciudades. La gente se iba a sentir inconscientemente expuesta cuando caminaba por espacios abiertos, e iba a tener la tendencia, quizás refleja, a evitarlos. O iban a mirar súbitamente a las ventanas en situaciones específicas, cuando estaban haciendo el amor o se sentaban en el inodoro. O iban a mantenerse siempre conscientes, en guardia, cuando caminaban por las calles, seguros que algo, aunque no pudieran verlo por lo restringido de su alcance visual, daba vueltas allá arriba sobre sus cabezas o se incubaba a sus espaldas.



Thursday, July 2, 2026

Nombres y América del Norte angloparlante

Jorge Etcheverry


Diversas personas me han preguntado, ¿porqué esa cosa de los nombres?, y también, ¿se trata de casos verdaderos o son cosas que usted inventa? Respecto a lo primero hay que darse cuenta de lo importante que es el nombre. Es lo que socialmente define a las personas. En mi país era más bien una cierta clase de apellido, que se tenía o no, el resto de los nombres y apellidos no importaba, y eso un poco en todos los países hispánicos. Era tener un apellido vinoso lo que importaba. No es así aquí, en Norteamérica (porque después de todo Canadá también es Norteamérica, quizás un poco más cartucha, como se dice en mi país, pero al fin y al cabo América del Norte corriente y moliente). Y eso a pesar del seguro médico universal que con cada año que pasa me parece más y más maravilloso. En la América anglosajona no hay apellidos, no hay aristocracia, hay plutocracia y en general los apellidos no cuentan. No estamos hablando de igualdad o democracia. Ni tampoco de las obvias diferencias de todo tipo que implica tener apellidos o aspecto “étnicos”. No se trata de que uno por ejemplo vaya a conseguirse una pega a las derechas, por su capacidad o su currículum, porque como en todas partes eso depende más de amigos, contactos, partidos políticos, camarillas, etc., pero hay otras maneras de selección que no se basan en los apellidos del padre o de la madre. No es que no tengan importancia. Siguen siendo lo que te distingue, lo que identifica. El nombre y el apellido—anglosajones o ya establecidos en el ámbito social si tienen otro origen—claro, pero no como marca social o económica absoluta. Claro que hay ciertos problemas a veces. No sé si los lectores conocen a ese joven Antonio Valencia, que llegó hace un tiempo de un país latinoamericano, sabiendo un buen inglés, porque estudió algunos años de la secundaria en Estados Unidos y hablando bastante francés, porque tomó unos cursos en una de las universidades locales. Siempre quiso trabajar en la administración pública, preferentemente en Inmigración, y como están las cosas, la corrección política y eso y porque cada vez más gente aquí sabe español, ahora se llama Valencia, aunque su apellido paterno original es Matamoros. Imagínense a algún extremista fundamentalistón hispanohablante del Mundo Árabe, por ejemplo de Marruecos, poniéndole una bomba al susodicho en el auto, en la casa, o incluso al mismo Ministerio. No es tan tirado de los cabellos, incluso ahora en que Canadá tiene un papel cada vez más importante en las guerras prolongadas del Medio Oriente y Europa, donde casi ningún otro país fuera de los que ya están metidos quiere meter mano. Canadá que se subió al tren a las finales es uno de los más firmes.


TARDE EN LA PLAYA (Declaración del reo)

JORGE ETCHEVERRY Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano. Luego fui al taller del viejo para buscar una huin...