Jorge Etcheverry
Como su colega de los últimos días del siglo diecinueve, los presuntos Jack The Ripper contemporáneos (así llamados por analogía, ya que nunca reclaman sus derechos de autor) también tendrían una especialización, cuya elección queda a cargo del lector, que para eso debe revisar las crónicas rojas—o no tan rojas—de periódicos virtuales o en papel, dependiendo de los países y la información disponible. La predilección del Jack The Ripper tradicional, el que todos conocemos, no es la misma de para estos nuevos asesinos, ya que sus actividades no se centran exclusivamente en las así llamadas prostitutas, sino que abarcan de manera progresiva a las mujeres en general. No parecen tampoco empeñados—llevados o no por el ansia de fama—en imprimir su sello personal en el mapa enrevesado, irregular y sangriento de los femicidios en nuestros tiempos. Cosa que es por lo demás bastante difícil, basta ver la tele o meterse en el internet para ver cómo se multiplican los casos. Después de las memorables y relativamente recientes hazañas delictivas llevadas a cabo por figuras históricas que se me vuelven a escapar de la mente, repetimos que es difícil si no imposible lograr fama a través de este tipo de crimen, cuando aparecen en la pantalla de la computadora o tableta, y casi sin esfuerzo y en unos segundos, las decapitaciones colectivas de los narcos mexicanos, de los islamistas, y las diversas ejecuciones, atentados y mutilaciones, que así brotan en todos los medios como praderas de flores rojas, producto de anhelos místicos e espirituales de múltiples actores sociales y culturales—que no voy a nombrar para evitar que le pongan precio a mi cabeza si esto alguna vez se publica--que como decía se dedican a la crucifixión, quema, tortura, decapitación y violación de los—y preferentemente las—infieles allí donde las circunstancias les permiten hacerlo.
