Jorge Etcheverry
Diversas personas me han preguntado, ¿porqué esa
cosa de los nombres?, y también, ¿se trata de casos verdaderos o son cosas que
usted inventa? Respecto a lo primero hay que darse cuenta de lo importante que
es el nombre. Es lo que socialmente define a las personas. En mi país era más
bien una cierta clase de apellido, que se tenía o no, el resto de los nombres y
apellidos no importaba, y eso un poco en todos los países hispánicos. Era tener
un apellido vinoso lo que importaba. No es así aquí, en Norteamérica (porque
después de todo Canadá también es Norteamérica, quizás un poco más cartucha,
como se dice en mi país, pero al fin y al cabo América del Norte corriente y
moliente). Y eso a pesar del seguro médico universal que con cada año que pasa
me parece más y más maravilloso. En la América anglosajona no hay apellidos, no
hay aristocracia, hay plutocracia y en general los apellidos no cuentan. No
estamos hablando de igualdad o democracia. Ni tampoco de las obvias diferencias
de todo tipo que implica tener apellidos o aspecto “étnicos”. No se trata de
que uno por ejemplo vaya a conseguirse una pega a las derechas, por su
capacidad o su currículum, porque como en todas partes eso depende más de
amigos, contactos, partidos políticos, camarillas, etc., pero hay otras maneras
de selección que no se basan en los apellidos del padre o de la madre. No es
que no tengan importancia. Siguen siendo lo que te distingue, lo que
identifica. El nombre y el apellido—anglosajones o ya establecidos en el ámbito
social si tienen otro origen—claro, pero no como marca social o económica
absoluta. Claro que hay ciertos problemas a veces. No sé si los lectores
conocen a ese joven Antonio Valencia, que llegó hace un tiempo de un país
latinoamericano, sabiendo un buen inglés, porque estudió algunos años de la
secundaria en Estados Unidos y hablando bastante francés, porque tomó unos
cursos en una de las universidades locales. Siempre quiso trabajar en la
administración pública, preferentemente en Inmigración, y como están las cosas,
la corrección política y eso y porque cada vez más gente aquí sabe español,
ahora se llama Valencia, aunque su apellido paterno original es Matamoros.
Imagínense a algún extremista fundamentalistón hispanohablante del Mundo Árabe,
por ejemplo de Marruecos, poniéndole una bomba al susodicho en el auto, en la
casa, o incluso al mismo Ministerio. No es tan tirado de los cabellos, incluso
ahora en que Canadá tiene un papel cada vez más importante en las guerras
prolongadas del Medio Oriente y Europa, donde casi ningún otro país fuera de
los que ya están metidos quiere meter mano. Canadá que se subió al tren a las
finales es uno de los más firmes.
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