Jorge Etcheverry
Caminante y curandera
Llegó a los restos de un bote varado
hace tiempo-las tablas medio petrificadas por la sal, la quilla medio cubierta
de algas y moluscos, las bordas blanqueadas por la misma sal y los excrementos
de las aves marinas. Dobló hacia el interior, alejándose de la rompiente.
Comenzó a atravesar las dunas. Al otro lado hay una casita negra, casi tapada
por unos roqueríos, que desprenden un olor punzante, ya que seguramente sirven
de excusado a bañistas, pescadores o simples caminantes o lugareños. Llama a la puerta con su bastón: toc-toc. Un
bastón cubierto de insignias y calcomanías de hoteles y líneas aéreas, recuerdo
de sus viajes a Europa. Ahora, en el
nuevo Chile, todo el mundo puede ir a Europa, y es posible que un bastón así no
despierte más que un interés mediano.
Una mujer vieja con una larga y ensortijada melena casi blanca le sale a
abrir. No lo saluda. Lo hace entrar con
familiaridad. Él le pregunta “¿Tendría
un poco de esa hierba de la que le hablaba el otro día?, y que cuelga en un
manojito parduzco del techo “Creo que lo
único que me queda es eso poco que está ahí.
Ese monte es caro, difícil de encontrar.
Ya no queda mucho”. Eso es
cierto. Antes, unos años antes, la
comarca era más húmeda, de una humedad dulce, no salada. Los alrededores eran más verdes. Crecían los juncos y las liebres saltaban
entre las ruinas de adobe del Pueblo Viejo.
Que ya no existe. La poca gente
que había ya se ha ido. El desierto se
está corriendo apurado hacia el sur auxiliado por la falta de lluvia, que por
otra parte cuando llegaba a caer, iba lavando al mar la poca tierra fértil que
quedaba. Esa crucífera supo crecer antes
en todos los huecos húmedos entre las rocas.
Ahora se la encuentra sólo cerca de las fuentes termales y de los
arroyuelos bajos, de poco caudal y tibios.
Por eso que es escasa y cara. La
vieja saca del ramito y le muestra unas hojitas secas y gruesas cuyo matiz
original estría el pardo seco y que es una de las numerosas variedades del
verde claro de la vegetación de esta región más hacia las montañas. Incluso seca, su aroma picante y agridulce
llega a las narices del curandero. Él le
pregunta el precio, ella hace un ademán con la mano y se encoje de hombros: son
viejos conocidos, no le va a estar cobrando.
Ella es la vieja Sara, también curandera, yerbatera, que hace sahumerios
y ve la suerte. Para la gente de los cerros, y los pescadores y los niños que
la siguen-una bruja., aunque muchos visitan su puesto en la feria de los
domingos en el pueblo, que es en realidad una manta en el suelo cubierta de
ramitos de hierba y trocitos de madera.
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